LA SEDUCCIÓN DE LOS CLÁSICOS: UNA CARTOGRAFÍA POSIBLE

El cine se enamora de la vida, la ve transcurrir, la capta con sus lentes, la monta en estructuras nuevas y la convierte en espejismo sobre la pantalla. Es un obrar de visiones y credos que sojuzga al recuerdo. Una cultura sin expresión cinematográfica no ha descubierto todo su potencial para hablar y hablarse, para entrar de lleno en los espacios simbólicos de significación que comparte el sujeto contemporáneo. La importancia del cine es tal que hoy se reconoce como un generador de paradigmas y comportamientos masivos, un puente entre tiempos y geografías diversas.

Medio siglo es un margen temporal suficiente como para proveernos de una realización amplia de filmes de ficción, documentales y animados producidos por el Instituto Cubano del Arte e Industria Cinematográficos (ICAIC). Apreciados como los más sobresalientes entre 1959 y 2008 por diversos aspectos, los materiales que se comentan aquí son una muestra de la cinematografía cubana y de sus trazados artísticos. Mario Naito y Luciano Castillo nos ofrecen un mapa de la creación y a la vez de la crítica de cine a través de las páginas de esta compilación. Su lectura nos hará reavivar el recuerdo de algunas películas y nos acercará a otras que han devenido representación de la isla, impresiones audiovisuales que aún nos interpelan.

Un clásico, si seguimos la idea borgiana, es una obra a la que siempre se retorna. La particularidad de una obra es lo que nos tienta a considerarla un clásico. Una creación perdura porque resulta cardinal en un contexto o dentro del maremágnum de otras obras, no es imprescindible para ello la perfección ni la excesiva experimentación, sino la posesión de rasgos que la vuelvan distintiva y su capacidad de hablarnos desde la distancia.

En el caso de la cinematografía nacional, la irreverencia ha sido siempre valor de estimación sobre una película. Audacia estética o temática suelen ser vitales para que un filme sea atendido por la crítica y considerado rele­vante. La generación de conexiones posibles entre los filmes y su contexto es un componente de esa irreverencia, donde se cuestionan determinados órdenes o se presentan con sensibilidad humanista las problemáticas tanto del pasado como del momento inmediato.

El cine cubano ha contado con la voluntad de inquirir, de propiciar interrogantes, de apropiarse de la vida para auscultar los latidos del presente. Ha sido una corriente activa dentro de nuestras artes y un estímulo para la labor intelectual no solo de cineastas, sino de antropólogos, escritores, dramaturgos, pintores, arquitectos, músicos. Dentro de los procesos culturales de la revolución ha sido un eje alrededor del cual se agrupan generaciones de creadores y sus piezas verifican el magma de representaciones según los tiempos, sus complejidades materiales y espirituales.

Las películas que serán abordadas en estas páginas cristalizan épocas o circunstancias que han dado carácter a la experiencia cubana, puesto que el cine obra como interpretante de la realidad. Cada cinta incorpora numerosos elementos de su tiempo y puede elaborar una imagen del pasado e incluso del futuro, que fije en el espectador una memoria cargada de sen­tidos. Es por eso que el cine funge como reservorio cultural, como cuenca donde confluyen las costumbres, las necesidades y las esperanzas colectivas.

En el cine encontramos el perfil del héroe de ficción que expresa la idea del hombre, los modos en que nos reconocemos a nosotros mismos y somos encarnados. La historia cubana se condensa en dramas y narraciones que recordamos con simpatía. De igual forma podemos reconocer las menta­lidades que producen los relatos, los puntos de vista de los cineastas que ilustran la vivencia y sus diálogos con las políticas culturales.

El esbozo de una zona de fuerza del cine cubano puede ser entendido como una propuesta puntual que sitúa películas imprescindibles, al tiempo que un pórtico vinculante con otras obras y autores. Piezas que transgre­den la narración tradicional y otras que discursan de manera conservadora aparecen de igual forma seleccionadas. En algunas la ficción se hibrida al documental, predominan el fragmento y la discontinuidad, en otras predo­mina la estructura aristotélica, el orden y la resolución. No es un cine irre­prochable, es un cine creativo, con posicionamientos claros de sus autores y, las que aquí se presentan, son obras que han dejado marcas y han generado filias, fobias, polémicas.

El llamado nuevo cine cubano surge con el ICAIC en 1959 y de sus di­ferentes etapas aparecen seleccionadas películas que son imprescindibles para comprender temas y formas de estructurar historias mediante el len­guaje cinematográfico, diversos según los arbitrios de una época o los es­tilos de los autores. Cada período contiene tendencias que no se reducen a sus principales polos, sin embargo, los filmes seleccionados ofrecen un tapiz consistente de las corrientes más productivas.

Desde la década del sesenta, el cine cubano ensayó el tono transgresor, ex­perimental, donde hacer películas era un acto de expresión y acercamiento a nuevos temas, sobre todo con el interés de representar la naciente so­ciedad revolucionaria, sus expectativas y sus problemáticas. La lectura del pasado, las contradicciones sociales, la crítica a la falsedad, la burocracia, los prejuicios, los malos usos del poder son centros que imantaron a los cineastas de entonces y que han permanecido como focos de atención en nuestra creación fílmica.

La producción de películas del ICAIC demostró desde sus inicios la luci­dez de un cine que soslayaba las presiones de los presupuestos con habilidad e ingenio. Los espectadores cubanos asistían a las salas de proyección donde cada largometraje se acompañaba por el Noticiero ICAIC Latinoamericano. Los filmes de ficción, los documentales y dibujos animados de produc­ción nacional eran comentados y debatidos en los espacios de sociabilidad. Con la crisis económica llegó un punto de inflexión. La industria debió rearticularse, se propiciaron las coproducciones, surgieron nuevos temas. La emigración, la pobreza, la marginalidad ocuparon el centro de atención dentro de una poética más amplia de la ruina y el vestigio. Sin embargo, si algo no se clausura durante todas las etapas es la devoción del público a la cinematografía nacional. El cine atrae al espectador cubano de una manera muy particular y la representación de historias propias donde se manifies­tan sus demandas e ilusiones es gratamente recibida.

Nuestro cine permite múltiples acercamientos. Una selección de sus películas revela la posibilidad de recorrerlo a través de temas, autores o estilos narrativos, entre otros caminos. En diferentes décadas se hilvanan preocupaciones similares que permiten una lectura transversal. La historia, la identidad, la mujer, la familia, la vida cotidiana son esferas capitales en nuestra cinematografía, mapa de las problemáticas sociales y de las tensio­nes que las han marcado, fresco de figuraciones humanas que garantiza el repaso compartido de la etapa.

La vigencia de estos filmes es notable. El problema de la integración del «yo» al «nosotros nacional» ha sido representado desde distintas pers­pectivas (existencial, de género, racial, sexual, político, religioso) y sigue soportando interrogantes. Los sujetos en pugna con sus entornos por ob­tener un rango de autonomía y aceptación, tanto en los tiempos coloniales y republicanos como en la etapa revolucionaria, nutren uno de los tópicos más frecuentes: el de la batalla por el propio albedrío y la dignidad frente a la ceguera, la tradición y el dogmatismo.

El cine propicia además la construcción de un repertorio cultural, ateso­ra huellas. Recordamos imágenes como la de Sergio Carmona que observa La Habana tras un catalejo o la de Lucía que pide una gardenia, tan vívida­mente como la de los rostros de las personas que en el espacio rural ven una película por primera vez. Varias generaciones podemos tararear el «toque a degüello» mambí gracias a la serie Elpidio Valdés y repetimos frases obte­nidas de los dibujos animados como si se tratara de refranes populares. El cine es parte sustanciosa de nuestras proyecciones cotidianas, se obtiene de la experiencia vital de los cubanos y a ella es devuelto.

Muchos de los filmes propuestos se conectan con el ámbito literario. La literatura en Cuba ha nutrido con regularidad al cine, más a partir dela renovación de la industria cinematográfica a  la cual se vincularon un gran número de escritores después del triunfo revolucionario. Si revisamos nuestra producción de películas encontramos un corpus apreciable de obras literarias tomadas como referente inicial. El influjo de la literatura se deja apreciar, incluso en oleadas fragmentarias, en estas obras donde el grado de compromiso entre el texto escrito y la concreción fílmica ha generado diversas modalidades en la relación: adaptación, versión libre, inspirada en y otros tipos, como la simple inclusión de un pasaje en un filme con argu­mento autónomo.

Los dibujos animados cohesionan varias generaciones alrededor de un imaginario común. La mezcla de humor e ingenio, dibujos bien concebidos y musicalizaciones orquestales es el punto de partida general de su realiza­ción. Con historias que se conciben como rutas de aprendizaje, revelaciones de aspectos desconocidos de la experiencia, fábulas y agudas muestras de comicidad, la animación cubana ha conquistado a los espectadores en un terreno estético difícil. Aun cuando la intención didáctica y la profilaxis social estuvieran en la base de sus concepciones, los animados que aquí se seleccionan logran un calado en el ámbito popular que resiste la competen­cia de las grandes industrias foráneas.

Mención aparte merece el cine documental, cuya producción en Cuba ha sido prolija. No solo arte de verificación sino de recreación estética, el documental cumplimenta reflexiones y concreta símbolos asociados a la macrohistoria de la Nación y a las microhistorias de la gente común que la atraviesa. Los modos de representación documental se vinculan tanto a la voluntad estilística del creador como a las necesidades expresivas de la rea­lidad que asimila y muestra en pantalla. El acto de reportar, junto al arte de mostrar y narrar, se convierte en cada caso en un paso emotivo y dramáti­co. Los personajes nos acercan a su intimidad y dan verdadero carácter al examen de lo real. De manera que el documental cubano nos muestra una tierra espejeada en su multiplicidad de espacios y relatos.

La crítica especializada resulta aquí una mediación, no para fijar el gusto —aunque eventualmente lo hace—, sino para abrir posibilidades de lectu­ra que hagan más productiva la recepción de un filme, su interpretación y evaluación. La recepción que hace la crítica de cine se vale del análisis de los componentes técnicos, del alcance de la «hechura» de una película y examina los temas tratados que, por lo general, son puestos en relación con el contexto en el que emergen. La polifonía crítica propicia que nos encontremos con cada obra a través de una mirada distintiva. Se piensa y presenta cada filme desde una voz y una apreciación diferentes, en función de focalizar su peculiaridad y dar pie a todo tipo de acercamientos.

Es posible elaborar un itinerario de la memoria a partir de lo que que­da recogido aquí, asimismo un mosaico de imaginarios asociados a ella. Todas las películas sugeridas, sin lugar a duda, irían a figurar en la más breve historia del cine cubano y podrían emplearse como referentes para la comprensión de diversos procesos acontecidos en la isla. El cine inscribe ideas e imágenes y la crítica las actualiza desde sus consideraciones. Cam­po y contracampo de un singular diálogo sobre argumentos, lenguajes y propuestas audiovisuales, las reseñas de los filmes con las que el público se encontrará tienen como propósito terciar y estimular su conocimiento.

Cabría preguntarse si es posible construir en términos de canon artís­tico una corriente principal del cine cubano, a través de la selección de un grupo de películas. Como sabemos, todo compendio es excluyente y, al mismo tiempo, imprescindible para la elaboración de una medida estética, de una guía para el consumidor de la obra de arte. Este es un libro que puede leerse, por tanto, de varias maneras: cuaderno de bitácora sobre fil­mes ineludibles producidos por el ICAIC; iluminación sobre los directores, guionistas, editores, fotógrafos, sonidistas, directores de arte y sus aciertos; descubrimiento de materiales desconocidos; rutas de una cartografía que será, como en la máxima de Horacio, útil y grata para cualquier lector/ espectador interesado.

Astrid Santana Fernández de Castro