A propósito de Del arte en Cuba. Enseñanza y divulgación de las artes visuales entre 1900-1930, de Liliam Llanes (Editorial Letras Cubanas, 2016).

El arte es una de las maneras que el hombre ha encontrado para representar la vida en sus variados procesos y relaciones; la aprehende en su discurrir con sus disímiles formas, estilos, formatos, estructuras y la convierte en un entramado de quimeras en el concreto asiento del lienzo, el papel, el muro…, a la espera de que el espectador, avezado o no, la descubra y entonces se realice el milagro que la redibuje, la multiplique, la consagre. Esta extraña y a la vez común interrelación es la que ha motivado a creadores, a curiosos y a estudiosos a buscar puntos de contactos, diferencias o líneas conciliatorias, también límites temporales y geográficos, filiaciones ideológicas, sociales, políticas o religiosas, para intentar establecer dónde se instauran o rompen paradigmas y dar respuestas a miles de porqués, que con el tiempo han devenido en lo que conocemos como crítica de arte, historia del arte o cuantas disciplinas pudieran asociársele.

Por su parte, la historia del arte cubano está plagada de ejemplos que incluyen nombres de intelectuales ilustres quienes en su ejecutoria han hecho de esa ciencia Arte; y de ese acervo es epígono el volumen que nos ha convocado esta tarde. Llilian Llanes, su autora, se incluye en el grupo de investigadores tenaces —y más selecto aún, mujeres— cuya obra es fruto de la consagración a la búsqueda de los eslabones que han forjado las diferentes etapas por las cuales ha transitado el arte propiamente cubano. Así encontramos entre sus publicaciones más trascendentes: El Vedado de los generales y doctores, Casas de la vieja Cuba, La transformación de La Habana a través de su arquitectura y Apuntes para una historia de los constructores cubanos, del mismo modo que ha contribuido a crear una amplia bibliografía relacionada con los espacios de promoción, crítica y comercialización de las artes visuales en los escenarios más connotados del patio, de los cuales ha sido actante-protagonista como son sus Memorias de la Bienal de La Habana 1984-1998 y los volúmenes Más allá de la crítica y El Salón de Mayo en La Habana.

Especialmente Del arte en Cuba. Enseñanza y divulgación de las artes visuales entre 1900-1930, primero de la serie «Del arte en Cuba» y tercero de su cosecha publicado por Letras Cubanas, es fruto de la perspicacia y el rigor con que la autora asumió el reto de explorar durante años la producción artística cubana desde finales del siglo xix hasta la contemporaneidad y percatarse de las manquedades de la bibliografía a propósito de las generaciones precedentes a la vanguardia, de ahí que enrumbase sus esfuerzos a escudriñar en toda suerte de acontecimientos que caracterizaron esa «zona virgen» de la historiografía de las artes visuales cubanas —llámense históricos, políticos, artísticos, estéticos, incluso vinculados a la educación general y de aquellas disciplinas no consideradas «bellas artes».

Del caudal de información obtenido y la posibilidad de encontrar nexos entre la formación, producción y espacios expositivos y de socialización de esas creaciones entre académicos, neoclásicos y la generación pujante de los vanguardistas, Llilian concibe este ensayo que ofrece un caudal de conocimientos que dilucidan cómo y en qué circunstancias socioculturales y estéticas se instituyeron los representantes del academicismo y de la vanguardia en nuestro país, en qué consistió su régimen de estudios dentro y fuera del país, las conquistas que alcanzó la Academia de San Alejandro y las trascendencias que generaron las reformas de 1900 y 1926. Por otro lado, el libro calza tesis muy certeras acerca de qué influencias, aportes y espacios de visibilidad compartieron y cómo evolucionaron hacia una y otra tendencia las producciones de estos creadores; para eso se apoya en la impronta de instituciones como El Ateneo y El Círculo de Bellas Artes de La Habana, La Academia Nacional de Artes y Letras, El Museo Nacional, los cuales desde inicios del siglo xx se convirtieron en pilares del desarrollo cultural de la nación, y más tarde la Asociación de Pintores y Escultores y su incidencia en la enseñanza y difusión del arte, donde se destacaron de manera especial los Salones de Bellas Artes y los Salones de Humorismo. De igual modo estaremos al tanto de qué información sobre el arte extranjero se difundió en la isla durante estos tres decenios sobre pintura, escultura y el dibujo cosechados por grandes exponentes europeos, estadounidenses y latinoamericanos, así como sus influencias y derroteros en Cuba.

De este torrente de información el lector podrá conocer, aceptar o disentir en torno a juicios que en muchos casos superan o desmitifican postulados sustentados hasta hoy, con comentarios, ejemplos graficados, así como exuberante bibliografía y notas. Su discurso diáfano, lúcido, bien documentado devine espacio fértil donde convergen la riqueza de la crítica de arte atesorada en las principales publicaciones de aquella época con invaluable caudal de información proveniente del El Fígaro, Carteles, Social, Diario de la Marina, entre otras, que además lograron nuclear una pléyade de colaboradores de la talla de Bernardo G. Barros, Jorge Mañach, Arturo R. de Carricarte, Alberto Lamar Sweyer, Ramón Catalá, Fray Candil, Max Henríquez, García Cisneros, Márquez Sterking, Enrique José Varona, entre tantos de cuyas plumas han salido trabajos que hablan de una prensa culta, enterada y entrenada en estas lides, que en algunos casos ostenta trabajos antológicos.

Las imágenes que acompañan el texto, seleccionadas con el ánimo de ilustrarlo de la manera más coherente posible (dicho sea de paso, son fruto de la pericia de la autora, del esfuerzo del fotógrafo, de la realizadora y la emplanadora, de la colaboración de técnicos de la biblioteca del Centro de Documentación del MNBA y del Instituto de Literatura y Lingüística, y quizás algún atavismo taurino que remedan mis genes, por las malas condiciones de conservación de la bibliografía) construyen una relación dialógica intertextual de la cual aflora un magma de saberes incitadores a la reflexión.

Quien se asome a sus páginas participará de la reconstrucción del universo de la pintura, la escultura y el dibujo cubanos producidos durante las tres primeras décadas republicanas, y sabrá del quehacer artístico foráneo promovido en la isla entonces. Así Del arte en Cuba… es herramienta indispensable para apreciar y comprender el proceso de consagración, transformación y confrontación de ideas que encaró la génesis de las artes visuales en su camino a la modernidad y es preámbulo para prepararse a entender cómo se concretó el desarrollo en cada uno de esos géneros artísticos en tomos que se publicarán en próximas entregas —diríamos hoy— en la saga que integrará la serie «Del arte en Cuba», antes mencionada, y que Llilian ya tiene lista. Serían otras formas de apropiarse de la vida para explorar los pulsos del presente.

Redys Puebla Borrero