MIRTA YÁÑEZ EN ARTE Y CONCIENCIA

Rogelio Riverón

Dicho con palabras de Frank Delgado: cuando la conocí Mirta Yáñez me pareció “virulenta, a veces rápida, otras demasiado lenta”. Después comprendí que se trataba de una persona sencillamente original, sincera, que no buscaba “proyectarse” y que por tanto no asumía posturas arquetípicas para darse a conocer. Ahora parece natural que haya merecido —y ganado— el Premio Nacional de Literatura, aunque esa ganancia le sobrevenga sin ser llamada. Puede que en tales casos sea lógico. El premio a toda una obra busca generalmente la contundencia, lo que tiende a la vez a lo incontrastable y a lo acumulativo. Mirta Yáñez (La Habana, 1947), que en más de una ocasión ha confesado ser víctima de la desidia propia (quizás debiera referirme a falta de concentración) y que por lo tanto se lamenta de no haber escrito mucho más, ha conseguido sin embargo una obra de gran coherencia, que además de a los lectores posee la cualidad de incitar a la crítica, gracias a la complejidad de sus planteamientos, su perspectiva y a la sutileza de su material lingüístico.
No insinúo que el hecho de que un escritor pueda ser identificado por algunas características de sus textos lo santifique inmediatamente como un autor significativo. Hay estilos defectuosos desde algunos puntos de vista; en otros artistas —y no solo en el escritor— el estilo deviene costumbre, como lo prueba, por ejemplo, el gran Jack Nicholson. La coherencia a que me refiero en el caso de Mirta Yáñez está dada igualmente por determinados asuntos que pasan de uno a otro de sus libros porque son demasiado importantes como para ser agotados de una vez. Narradora, ensayista, antóloga, poeta y profesora, es Doctora en Ciencias Filológicas y miembro de número de la Academia Cubana de la Lengua. Ha resumido la misión de la narrativa de forma sagaz: Mirar y contar, lo que lejos de proponer simplicidad, encierra una filosofía del saber ver que en su caso se concreta en cuentos donde los personajes recaban tanta importancia como los hechos, y en los cuales la ironía se asienta a veces en el decir sesgado; otras por medio de contrastes. Mirta recurre al humor con asiduidad, pero es capaz de alternar ese recurso, por ejemplo, conalgunos matices trágicos (En propiedad, no los alterna: los mezcla, los enreda). El suyo no es un humor demasiado festivo, ni demasiado sarcástico. Parece más inclinada a la aseveración de Nicolai V. Gogol —el de Almas muertas, el de El capote— de que los sabios se ríen temblando. Mirta suele trasbordar el sarcasmo a sus ensayos (cuando así lo considera), lo que—para que ustedes vean—no les resta discernimiento.
Otro eslavo (el anterior es un ucraniano que escribió en ruso, este un ruso que escribió en ruso y en inglés), el Premio Nobel de Literatura JosephBrodsky menciona, en relación con la poesía de OssipMandelstam, una posibilidad de recuperar y reconsiderar el pasado. Brodsky—ambos, Mirta Yáñez y él, pueden ahora ser catalogados como PNL—niega que el excelso Mandelstam se valga de ella, pero la frase me recordó algunos libros de Mirta Yáñez, como la novela Sangra por la herida y, nuevamente, varios de sus textos breves, incluidos algunos ensayos. Evidentemente, yo me quedaría con la idea de reconsiderar, puesto que el término encierra algo así como un compromiso que, especialmente en sus trabajos de ficción, genera momentos de un lirismo más bien rebelde, si se me permite esa combinación exaltada. En Sangra por la herida(Ediciones Unión-Editorial Letras Cubanas, 2010), que exhibe uno de los comienzos más contundentes de la novelística cubana actual,se nos habla de “los dorados y turbulentos años sesenta”, según la acertada nota de contracubierta. Cuando uno se proyecta en sus prodigiosos espacios cae en la cuenta de que tanto valen allí la década de 1960, como la de 1990, cuando ya, para muchos de sus personajes, casi todo ha sido. Ambas etapas de nuestra historia reciente son convulsas. El hecho de que una actúe como reflejo de la otra condiciona mucho más que las expectativas o los estados de ánimo de sus personajes: una “nata” de soñadores en retirada, visionarios, empecinados, apocalípticos, batalladores, traidores, escritores que no escriben, vividores que no viven. Montada como si cada personaje respondiera por turnos a un interrogatorio, la novela puede jactarse además de su multiplicidad de narradores, los que, al ser dotados de un léxico y una cadencia propios pasan a ser, literalmente, “sujetos líricos”. El trágico pase de revista que cada uno lleva a cabo, produce como un clamor o un crepitar que tiene en nosotros un efecto contradictorio: de zozobra y de ilusión. Buena parte de ese efecto se debe, claro está, a las maravillas lingüísticas de Mirta Yáñez, a esa suerte de humor cenizo que no se cohíbe ni en los ratos de mayor angustia, pero también, insisto, a su manejo armonizado del lenguaje cotidiano, la jerga, el tono culto, la sentencia, el dicho, la onomatopeya y la cita.
En el cuento “El búfalo ciego”, que gracias a ciertas afinidades me hace evocar las atmósferas del narrador, traductor y corresponsal de guerraLino Novás Calvo, una niña que se cree “una aborigen de otro mundo” se encuentra una moneda que puede valer millones. Vive con sus padres en un pueblo que se describe con lenguaje libresco y con una cadencia muy peculiar. Sin embargo, la narradora-personaje ya es adulta y si bien ha conseguido aquello con lo que soñaba, resulta que lo alcanzó bajo el peso de la realidad, esto es, vaciado hasta donde es posible de fantasía, lo que cambia muchas de sus perspectivas de antaño. Parece evidente que en este relato Mirta Yáñez reconsidera el pasado desde un punto de vista temporal, pero también sicológico y —no menos importante— lingüístico. He creído ver una diferencia de espesor de la imagen entre el primer momento del cuentoy el segundo, aquel en el que la niña (ahora adulta) consiguió por sí sola mucho de lo que le pedía a su amuleto.
Pero reconsiderar el pasado es solo una de las cualidades de los textos de Mirta Yáñez y aludo a ella, sobre todo, porque me interesan esas empresas que, desde la ficción, corrigen o develan nuestra atractiva propensión al fracaso. Me cuento entre quienes han comprobado que su obra goza de una incitante versatilidad y que, por ejemplo, su relación con el lenguaje es fruto de un proceso de trabajo con la tradición escrita y además con la oralidad y con la “respiración” de la frase. En “Nadie llama de la selva”ya no se necesita un pasado en primer plano, sino como un halo de significado. El “héroe” es, igual que en las narraciones de Jack London, un perro. Pero ni el tiempo ni el espacio ni el “linaje” del animal son mínimamente similares. La legendaria fidelidad canina actúa como alusión a muchas cosas, entre ellas la quiebra de algunos paradigmas morales y afectivos. Sin pedagogía, dicho todo con una ecuanimidad que sugiere una reconstrucción de los hechos. Para más desolación, cuando estamos concentrados en la desdicha del perro, entra en escena un personaje que viene, sobre todo, a acentuar el desenfoque entre el poder ser y la realidad, por muy problemático que resulte este último concepto.
Por otra parte, nadie le habrá de negar a Mirta Yáñez su protagonismo en la divulgación de la literatura escrita por mujeres. Puesto que en la tarea de ponérselas difícil a las damas muchos hombres y también algunas damas —estas quizás por la carambola de “lo establecido”—han sido recurrentes, la pugna por “visibilizar parejo” también ha tenido que ser tenaz. Mi simplismo trata de serjocoso. Los modos de obrar de una sociedad son la consecuencia de fuerzas cuyas extremidades sujetan lo palpable y lo inefable, desde las leyes hasta las tradiciones e incluso los mitos. Para desmontar la segregación de los marginados parece necesario ir desmontando de uno en fondo una sucesión de niveles, onerosos por lo claro unos y otros de una pérfida sutileza. A Mirta le debemos, además de varias antologías capaces de operar con distintas lógicas, lo que evidencia una amplitud de miras pero además del conjunto, un grupo de ensayos que, bien como prólogos o como estudios en sí, han contribuido a evidenciar lo que nunca ha debido ser obliterado. Una aclaración: aludo a un problema que excede las consideraciones gremiales y en el que no soy experto; tampoco me resulta ajeno en la condición de ciudadano, padre, amante, escritor, editor y lector recalcitrante.Ahora lo subrayo: Mirta Yáñez no solo ha divulgado el quehacer de las escritoras cubanas del pasado y de la actualidad, sino que, con saber mirar, contribuye al impulso de los estudios de género desde la literatura.
Hace unos años, Mirta me obsequió un libro escrito por su hermano Alberto Yáñez. Lo conservo agradecido por su gesto de amistad y delicadeza. El hecho de que ahora se le otorgue el Premio Nacional de Literatura habrá de auspiciar nuevas formas de leerla, nuevos lectores para sus libros. Es obvio que su obra ―por suerte, todavía en desarrollo― no se encuentra del salón en el ángulo oscuro; sin embargo este galardón inaugura para ella un momento de mayor consciencia. De lo que me congratulo.