El isleño del ají picante

Un isleño tenía burro muy haragán, el cual le llevaba la carga mientras él lo arreaba. Viendo la haraganería del burro, un amigo le recomendó:

––Si quieres que el burro camine sin necesidad de darle tanto cuje, échale ají picante debajo del rabo.

Siguiendo el consejo del amigo, el isleño así lo hizo; pero viendo que el burro caminaba muy de prisa y él se iba quedando muy atrás, se le ocurrió untarse él también en las nalgas ají picante, y empezó a caminar pie con el burro, a to meter, y hasta se le fue alante al burro, y al pasar por su casa, le gritó a su mujer:

––María, desapareja el burro, que yo sigo de largo.

El isleño y el reloj

Según me cuenta el poeta Leoncio, este era un isleño recién llegado de Canarias, y estaba haciendo una diligencia bajo de una mata de mango. Hacía rato que el isleño sentía un ruido extraño y se puso a buscar entre las yerbas aquello que sonaba, y vio un reloj de una larga leontina, que parece que otro, que antes que él había estado en los mismos asuntos, había dejado olvidado allí.

El isleño, creyendo que era un bicho raro, le entró a palos, y después que lo desbarató, lo enganchó en la punta del palo por la leontina, y le gritó al hermano, que trabajaba cerca de allí:

—¡Hermano, mira el bicho que maté!

—¡Ah, pedazo de animal, has roto un reloj de oro!

Y el isleño se quedó mirando a las ramas de la mata de mango y decía:

—Hermano…, ¿no tendrá más la mata?…

Espíritu de contradicción

Los isleños son tercos hasta fuera. Cuando dicen «por aquí», siguen por ahí hasta que se matan o vencen. Para que se vea que esto es verdad, se dio un caso de un padre que se estaba muriendo y llegó el hijo a verlo y el padre le dijo:

—Hijo, me voy a morir.

—Usted no se muere, mi padre.

—¡Que sí me muero!

—¡Que usted no se muere!

—¡Que sí me muero!

—¡Pues muérase, mi padre!

—Ahora no me muero, porque no me da la gana. Tráime la mula, que me voy pa la loma El Fraile.

El isleño que volvió rico a su tierra

Había una vez un isleño que vino a Cuba y estuvo tiempo trabajando y pudo hacer dinero. Al llegar un tiempo, quiso ir a su tierra a ver a su gente.

Cogió el barco y desembarcó en la Isla de Santa Cruz. Al llegar allí lo ven bien vestido y con dentadura de oro y to cuento, y una isleña que tenía una hija casadera  dijo a la hija:

—Aprepárate, jija, que ahí viene el jijo de doña Relucinda con más centenes que jigos y un cinto de más de media cuarta de ancho, veinticinco tabacos puros en un bolsillo, y viene a hacerte la gayofa.

Y la muchacha le responde a su madre:

—Madre, ¿y usted sabe que me quiere?

Y la madre le contesta:

—Ah, yo antes tampoco quería a tu padre, y hoy lo quiero más que los bueyes que están en el pesebre.

Dice la hija:

—Pues espere, madre, que voy a echar la yerba al burro.

Este cuento llegó ahí. Ahí se para. No se sabe si engancharon al isleño o no.