El negro y la bola de oro

Un negro avasallao del tiempo de la esclavitud era muy inteligente. Entonces hizo una apuesta con los otros esclavos de que él iba a vivir del amo blanco como un rey un buen tiempo. Entonces se le apareció al amo y le dijo:

––Amo, ¿cuánto vale una bola grande de oro, así?…

––Y abrió mucho los brazos para indicar el tamaño.

El amo, que era un agallú, se dio cuenta de que el negro se había encontrado un «entierro de una bola de oro», y pensó en cogérsela y averiguar dónde el negro había encontrado la bola de oro.

Entonces se dedicó a agasajar al negro, y este comía en su mesa, con él, como un rey. Los otros negros le servían al amo y al esclavo en la misma mesa y se decían: «De verdad que vive como un rey». En última hora le decían doctor al negro.

El amo blanco lo llevaba para arriba y para abajo y lo halagaba mucho. Salían a pasear cargados en hamacas. Dos negros alante y dos negros atrás los llevaban a pasear en hamacas.

Entonces un día, cuando el amo consideró que ya el negro estaba maduro y ablandao, le investigó el punto de la bola de oro, que dónde estaba. Y el negro le dijo:

––Amo, yo le pregunté eso para saber lo que valería una bola de oro el día que la encontrara…

Entonces el amo alevantó una cuarta y le arreó dos cuartazos por el lomo y le hizo dos números ocho en el lomo, y al negro ni pelo le salió en la cabeza de los metrallazos con el cuero, pero así y todo, el negro ganó la apuesta.

El negro, el blanco y el venao de cuarenta tarros

Había una vez dos compadres, uno era blanco y el otro era negro. Salieron al campo a buscar leña, y caminando por un monte toparon un venao trabao por los tarros en una horqueta. Parece que el venao se puso a rascarse y se trabó, pues era un venao que tenía cuarenta tarros; de una larga edad era el venao y era una admiración, pues los venaos de más tarros que se han visto son de veinticinco tarros o treinta a lo máximo, y eso muertos, porque vivos nadie los ha cogido así.

Entonces el negro dijo:

––Compadre, vamos a matar este venao enseguía.

Entonces el blanco le dijo:

––No seas bobo, compadre, que este animal vivo nos hace millonarios, exhibiendo por el mundo esos cuarenta tarros. Es una fortuna lo que tenemos adelante…

Y el blanco habló tanto, que convenció al negro, y ya el negro se daba por rico. Entonces vinieron a la casa y allí hicieron un corral para meter al venao. Avisaron a los vecinos que los esperaran, pues iban a traer vivo a un venao de cuarenta tarros. Y entonces corrieron pal monte otra vez a buscar el venao, y lo encontraron allí trabao.

Entonces le pegaron una soga fuerte que llevaban. Se la amarraron bien trincá para que no se fuera. El negro decía: «¡Tríncalo bien, compadre, que no se vaya, que deje la cabeza ahí en la soga si jala duro!»

Entonces amarraron la soga del venao al pescuezo del caballo del blanco. Pero apenas soltaron al venao, este dio un trechón que se llevaba al caballo a rastro por el monte pa arriba. Y el negro gritaba: «¡Aferra, compadre, aferra uña en pared, que el animal se va!» Pero el caballo seguía a rastro y ya estaba medio ahorcao, y no quedó más remedio que picar la soga. Y el negro, cuando vio salir al venao hecho una flecha pal monte, gritaba: «¡Va a bolina, compay! ¡Perdimos la soga! ¿No se lo dije, compay, que era mejor matarlo y comernos en bistés dobles al venao?… ¡Por eso digo yo que el que nació pa buey, del cielo le cae el yugo!…»

Entonces pegaron los dos a lamentarse de la pérdida que habían tenido, y de la gente que estaba invitada para ver el éxito que habían tenido con el venao de cuarenta tarros.

No les quedó más remedio que volver con la cabeza gacha.