Durante muchos años hemos recogido numerosos cuentos populares cubanos ­­­­––entre otros materiales folklóricos––, recorriendo la Isla, desde la costa a la montaña, al llano, al batey, al villorrio. Los hemos colectado de todo tipo y tema, desde el cosmogónico hasta el mitológico, pasando por todas las variantes conocidas de la narrativa folklórica mundial.

En la presente edición ––aumentada con centenares de nuevos cuentos–– ofrecemos a nuestros lectores una antología del humor del cuento popular cubano. Relato generalmente breve, directo, creado aquí, en la Isla, por lo regular, o transformado, recreado al estilo cubano, cuando nos llega desde el humor cuentístico universal. Claro que hemos sido nosotros los redactores; el cuento ha pasado por nuestro estilo de escribir, de boca del informante. Hemos salvado sus esencias, sus variantes lingüísticas, su naturaleza. Así hicieron en su tiempo Boccaccio y los hermanos Grimm; estos últimos tomaron del folklore la cuentística infantil, tal vez la más bella del mundo. Es decir, el escritor fija, a su manera, con sus aciertos, el disperso genio popular, y salva de las variantes fuentes orales sus victorias expresivas. Así los artistas toman del pueblo y consolidan a través de un estilo personal idóneo, la cultura nacional, de preciosas raíces gregarias.

Cuando publicamos Cuentos populares cubanos en 1960, en la editorial de la Universidad Central de Las Villas, Alejo Carpentier, entre otros escritores que se ocuparon del libro, publicó un artículo, «Mil y un cuentos», en el periódico El Mundo, el 10 de noviembre de 1960.

Aquel libro nuestro era una muestra general de la narración oral folklórica cubana: mitos, cosmogonías, cuentos de animales, fábulas prodigiosas, y muchos cuentos de la picaresca y del humor general cubanos. De este libro inicial afirmaba Carpentier:

De «carreteros, macheteros, trovadores, carpinteros, vagabundos, marineros, pescadores de peje o de rana, donjuanes, borrachos, vegueros, monteros, cafetaleros, cargasacos, bembeteadores, leñadores, limpiabotas, cuenta-cuentos, chismosos, etcétera», ––cito palabras del prólogo–– sale este asombroso libro de Cuentos populares cubanos que acaba de ofrecernos Samuel Feijóo, Director de Investigaciones Folklóricas de la Universidad Central de Las Villas.

Centón y repertorio, antología de mil y un relatos, es el tomo donde ha vertido su gracejo, su inventiva, su poder de sátira, su inconformismo o sus entrañables orgullos, el oscuro «cuentero» de caminos y esquinas, de guardarrayas o cafés pueblerinos, dado a hablar por hablar, a narrar por narrar, con jocunda sabiduría venida de lo hondo. Fábulas, apólogos, leyendas, chistes, sucedidos, porfías, historias de hombres y de animales, se suceden en la recopilación de Feijóo, contribuyendo al mejor conocimiento del alma profunda de un pueblo todavía en proceso de creación de su literatura, de su poesía oral, como lo sigue estando para su música. Como en los tiempos de los «brujos cubanos», aparecen en la acción de los relatos ––de las acciones contadas–– los personajes tradicionales del isleño razonador, del gallego cauteloso, del sentencioso guajiro, del negro ocurrente. No faltan las malas palabras, los retruécanos intencionados, los juegos de palabras de dudosas consonancias, en los discursos que ha apuntado Feijóo ––algunos tomados de viva voz, otros transcritos con ayuda de la cinta magnetofónica. Pero más allá del documento, de la anécdota, de la evocación de una conseja, surge algo que nos deja admirados y suspensos. Y es la remota ejemplaridad de conceptos, de ideas, de situaciones, reveladas en textos que, mostrando el caudal de sus herencias, se remontan a las fuentes más antiguas de la literatura folklórica de todos los tiempos. Bien nos advierte Feijóo que en los cuentos recogidos por él  «se distingue algunas veces la transformación dada en Cuba a cuentos indios, europeos, africanos, árabes». Con la modestia que le es peculiar, prefiere dejar campo libre a los especialistas para determinar ciertas cuestiones de orígenes…

Seguidamente, Carpentier analizaba algunos cuentos, fábulas sobre todo, buscándoles contactos internacionales, variantes.

 Es bueno anotar que de los presentes cuentos de humor cubanos, una enorme porción ha sido creada aquí, surgida de la alegre imaginación del país, de los extraordinarios sucesos populares de nuestra tierra. Otras veces, estos han sido transformados. La cuentística oral surca, ondea por muchos pueblos. Y adquiere riquísimas versiones.

Carpentier, casi al final de su largo artículo, desliza un párrafo certero:

Samuel Feijóo hizo mucho más que regalarnos un extraordinario libro de cuentos criollos. Nos ha revelado cuán honda, universal, ecuménica, puede ser, en ciertos casos, la sabiduría de nuestro pueblo.

Aunque muchos de estos cuentos de humor se presentaron en aquella inicial recopilación, la mayoreaban otras fabulosas narraciones, que formarán parte de un voluminoso libro que preparamos.

  Los ingeniosos, simpáticos, cuentos cubanos populares de humor, reflejan el placer por la sorpresa, la exageración, la picaresca, la agudeza del concepto, o bien la sátira que es útil, sana, correctiva, contra la tontería, la torpeza, la avaricia, etcétera.  El modo de narrar, cerrado, sintético, que va al grano vivaracho, es de muy útil conocimiento para el filólogo y el antropólogo cultural, aun para el descifrador de la estilística. Por su modo de narrar se conocen también los pueblos, por los temas escogidos. El gran narrador ruso Máximo Gorki, al referirse al idioma de los cuentos populares, en su artículo «A propósito de los viejos cuentos» ha expresado: «Los cuentos populares pueden desarrollar la imaginación de los escritores, llevarlos a descubrir la importancia de la invención en el arte y, sobre todo, a enriquecer su vocabulario».

Vocabulario amplio, rico, directo, colorido, vivaz y creador el de nuestro pueblo, siempre inventando frases de humor, dicharachos encendidos, vocablos de rara chispa, comicidades sin fin.

Se han recogido estos cuentos, conservando, pues, el idioma y el acento populares. Cuidadosamente, les hemos dado la forma literaria. Entre los estilos de narrar, hemos hecho una síntesis flexible, que se debe al estilo popular. Sobre ello quisiéramos agregar que si bien seguimos el modo de narrar del informante, su jerga, la forma es nuestra­-en-el-pueblo, gozosa de esa fusión viva.

Los hemos buscado, repetimos, por remotos lugares, desde la playa salvaje, con su caserío de pescadores, hasta la tienda del callejón valle adentro, desde el café barullento hasta la refresquera del poblado.

Muchos cuenteros se han apenado al principio, al instárseles a la narración abierta. Algunos tenían miedo a lo picaresco del asunto. Otros no valoraban lo narrado, y afirmaban que no sabían sino «ocurrencias». Otros eran supersticiosos, no querían grabar ni dictar. Pero, por lo general, cuando les narrábamos algún cuento, de la picaresca popular o de hadas, se entusiasmaban, la contención quedaba rota por la campechanía campera nuestra, y los cuentos comenzaban entonces a ser dichos, con risa y bulla. (Es muy importante para ello el buen tacto del investigador, el humor, la natural asistencia cordial, el «sentido de la confianza» respecto a campesinos que jamás lo han visto y que tienden a desconfiar de libretas, plumas, grabadoras, cámara de cine o de fotografiar. Generalmente, al cuarto día de estancia en la zona, después que se ha ganado la confianza de sus moradores, es cuando el investigador puede escuchar narraciones, leyendas, mitos, adivinanzas, el refranero, cosmogonías, grabar las músicas, entrevistar ante micrófonos, fotografiar las casas, los muebles, los murales, los vestidos, orquestas, danzas, etcétera).

 Repetimos que andan por estas páginas algunos breves cuentos universales, aquí transformados, cubanizados. Pero el gran mazo de relatos es criollo, originado aquí, para alegría nuestra y de cualquiera.

Una advertencia a los pacatos y a los devotos de la moralina. Es esta: cualquier «mala palabra» o giro picaresco es lo usual en el folklore, tanto en Cuba como en todos los países del mundo donde esta valiosísima ciencia se ejerce. El folklore no se puede traicionar, desvirtuándolo.

Asimismo se avisa a los no entendidos, que cuentos donde isleños, chinos, guajiros, negros, norteamericanos, gallegos y curas salen graciosamente malparados, obedecen al estilo natural de narración jocosa del folklore universal. Es la sátira correctora, a veces muy cruda, pero así es. Más crudos son los cuentos sobre los isleños recogidos en las Islas Canarias, que aquellos anotados aquí. De labios de isleños y de guajiros hemos compilado una cuentística de sanísimo humor, entre risas mutuas. Nosotros hemos desempeñado severamente la tarea impuesta, tomando con fidelidad de boca del pueblo su cuentística, sin adulteraciones ni blandenguerías. Lo que narra el pueblo en su modo y estilo completo, lo recogemos sin «hermosearlo» traidoramente, sin «perfumar» su idioma vivísimo, sin mandar a la peluquería su expresión natural. Ello sería, además de traidor y anticientífico, un crimen contra la lingüística, la estilística popular, una mentira imperdonable, un atentado contra la legítima creación popular y su estilo verdadero, general, actual, por supuesto. Claro que la presente, es una selección, y no una colección completa. Y que nuestra redacción —nosotros hijos del pueblo, inmersos en su expresión— ofrece este tesoro del humor y de la fabulación cubana, al alegre pueblo que lo ha creado. Nuestra fidelidad a su estilo queda patente. Goce el lector, y aprenda, pues así cuenta el pueblo cubano.

Samuel Feijóo

 

 

    

Cuentos de negros esclavos

El negro y la bola de oro

Un negro avasallao del tiempo de la esclavitud era muy inteligente. Entonces hizo una apuesta con los otros esclavos de que él iba a vivir del amo blanco como un rey un buen tiempo. Entonces se le apareció al amo y le dijo:

––Amo, ¿cuánto vale una bola grande de oro, así?…

––Y abrió mucho los brazos para indicar el tamaño.

El amo, que era un agallú, se dio cuenta de que el negro se había encontrado un «entierro de una bola de oro», y pensó en cogérsela y averiguar dónde el negro había encontrado la bola de oro.

Entonces se dedicó a agasajar al negro, y este comía en su mesa, con él, como un rey. Los otros negros le servían al amo y al esclavo en la misma mesa y se decían: «De verdad que vive como un rey». En última hora le decían doctor al negro.

El amo blanco lo llevaba para arriba y para abajo y lo halagaba mucho. Salían a pasear cargados en hamacas. Dos negros alante y dos negros atrás los llevaban a pasear en hamacas.

Entonces un día, cuando el amo consideró que ya el negro estaba maduro y ablandao, le investigó el punto de la bola de oro, que dónde estaba. Y el negro le dijo:

––Amo, yo le pregunté eso para saber lo que valería una bola de oro el día que la encontrara…

Entonces el amo alevantó una cuarta y le arreó dos cuartazos por el lomo y le hizo dos números ocho en el lomo, y al negro ni pelo le salió en la cabeza de los metrallazos con el cuero, pero así y todo, el negro ganó la apuesta.

El negro, el blanco y el venao de cuarenta tarros

Había una vez dos compadres, uno era blanco y el otro era negro. Salieron al campo a buscar leña, y caminando por un monte toparon un venao trabao por los tarros en una horqueta. Parece que el venao se puso a rascarse y se trabó, pues era un venao que tenía cuarenta tarros; de una larga edad era el venao y era una admiración, pues los venaos de más tarros que se han visto son de veinticinco tarros o treinta a lo máximo, y eso muertos, porque vivos nadie los ha cogido así.

Entonces el negro dijo:

––Compadre, vamos a matar este venao enseguía.

Entonces el blanco le dijo:

––No seas bobo, compadre, que este animal vivo nos hace millonarios, exhibiendo por el mundo esos cuarenta tarros. Es una fortuna lo que tenemos adelante…

Y el blanco habló tanto, que convenció al negro, y ya el negro se daba por rico. Entonces vinieron a la casa y allí hicieron un corral para meter al venao. Avisaron a los vecinos que los esperaran, pues iban a traer vivo a un venao de cuarenta tarros. Y entonces corrieron pal monte otra vez a buscar el venao, y lo encontraron allí trabao.

Entonces le pegaron una soga fuerte que llevaban. Se la amarraron bien trincá para que no se fuera. El negro decía: «¡Tríncalo bien, compadre, que no se vaya, que deje la cabeza ahí en la soga si jala duro!»

Entonces amarraron la soga del venao al pescuezo del caballo del blanco. Pero apenas soltaron al venao, este dio un trechón que se llevaba al caballo a rastro por el monte pa arriba. Y el negro gritaba: «¡Aferra, compadre, aferra uña en pared, que el animal se va!» Pero el caballo seguía a rastro y ya estaba medio ahorcao, y no quedó más remedio que picar la soga. Y el negro, cuando vio salir al venao hecho una flecha pal monte, gritaba: «¡Va a bolina, compay! ¡Perdimos la soga! ¿No se lo dije, compay, que era mejor matarlo y comernos en bistés dobles al venao?… ¡Por eso digo yo que el que nació pa buey, del cielo le cae el yugo!…»

Entonces pegaron los dos a lamentarse de la pérdida que habían tenido, y de la gente que estaba invitada para ver el éxito que habían tenido con el venao de cuarenta tarros.

No les quedó más remedio que volver con la cabeza gacha.

 

 

ISLEÑOS

El isleño del ají picante

Un isleño tenía burro muy haragán, el cual le llevaba la carga mientras él lo arreaba. Viendo la haraganería del burro, un amigo le recomendó:

––Si quieres que el burro camine sin necesidad de darle tanto cuje, échale ají picante debajo del rabo.

Siguiendo el consejo del amigo, el isleño así lo hizo; pero viendo que el burro caminaba muy de prisa y él se iba quedando muy atrás, se le ocurrió untarse él también en las nalgas ají picante, y empezó a caminar pie con el burro, a to meter, y hasta se le fue alante al burro, y al pasar por su casa, le gritó a su mujer:

––María, desapareja el burro, que yo sigo de largo.

El isleño y el reloj

Según me cuenta el poeta Leoncio, este era un isleño recién llegado de Canarias, y estaba haciendo una diligencia bajo de una mata de mango. Hacía rato que el isleño sentía un ruido extraño y se puso a buscar entre las yerbas aquello que sonaba, y vio un reloj de una larga leontina, que parece que otro, que antes que él había estado en los mismos asuntos, había dejado olvidado allí.

El isleño, creyendo que era un bicho raro, le entró a palos, y después que lo desbarató, lo enganchó en la punta del palo por la leontina, y le gritó al hermano, que trabajaba cerca de allí:

—¡Hermano, mira el bicho que maté!

—¡Ah, pedazo de animal, has roto un reloj de oro!

Y el isleño se quedó mirando a las ramas de la mata de mango y decía:

—Hermano…, ¿no tendrá más la mata?…

Espíritu de contradicción

Los isleños son tercos hasta fuera. Cuando dicen «por aquí», siguen por ahí hasta que se matan o vencen. Para que se vea que esto es verdad, se dio un caso de un padre que se estaba muriendo y llegó el hijo a verlo y el padre le dijo:

—Hijo, me voy a morir.

—Usted no se muere, mi padre.

—¡Que sí me muero!

—¡Que usted no se muere!

—¡Que sí me muero!

—¡Pues muérase, mi padre!

—Ahora no me muero, porque no me da la gana. Tráime la mula, que me voy pa la loma El Fraile.

El isleño que volvió rico a su tierra

Había una vez un isleño que vino a Cuba y estuvo tiempo trabajando y pudo hacer dinero. Al llegar un tiempo, quiso ir a su tierra a ver a su gente.

Cogió el barco y desembarcó en la Isla de Santa Cruz. Al llegar allí lo ven bien vestido y con dentadura de oro y to cuento, y una isleña que tenía una hija casadera  dijo a la hija:

—Aprepárate, jija, que ahí viene el jijo de doña Relucinda con más centenes que jigos y un cinto de más de media cuarta de ancho, veinticinco tabacos puros en un bolsillo, y viene a hacerte la gayofa.

Y la muchacha le responde a su madre:

—Madre, ¿y usted sabe que me quiere?

Y la madre le contesta:

—Ah, yo antes tampoco quería a tu padre, y hoy lo quiero más que los bueyes que están en el pesebre.

Dice la hija:

—Pues espere, madre, que voy a echar la yerba al burro.

Este cuento llegó ahí. Ahí se para. No se sabe si engancharon al isleño o no.

 

 

GUAJIROS

El pájaro lindo tapado con sombrero

El guajiro Bertoldo iba pal pueblo a pie, y to descamisao; había caminao mucho y estaba cansao. Los zapatos los tenía abiertos, y le costaba trabajo andar.

Entonces vio venir a caballo a un guajiro muy bien vestío. Entonces pensó y se bajó los pantalones y hizo la caca en el medio del camino. Y le puso arriba el sombrero viejo que traía. Y se puso a darle vueltas al sombrero, gritando:

—¡Aquí se me va! ¡Aquí se me va!

En eso llegó el jinete y se quedó mirando el caso y le preguntó:

—¿Qué le pasa, amigo?

Y le contestó el guajiro Bertoldo:

—Es un pajarito muy lindo que tengo aquí abajo del sombrero; pero, fíjese, no tengo jaula, y quisiera ir al pueblo a buscar la jaula.

Y el jinete le contestó:
—¿Y qué usted quería?

—Bueno…, yo necesitaba el caballo,  el sombrero, la guayabera y las botas… Voy al pueblo y traigo la jaula…

Y el jinete le dijo:

—Se lo presto to. Pero venga pronto del pueblo con la jaula.

Y Bertoldo le dijo:

—Lo que usted no puede hacer es levantar el sombrero, porque el pájaro es muy lindo y se le puede ir.

Y el jinete dijo que no menearía el sombrero, y le dio la guayabera, el sombrero suyo, las botas y los espejuelos. Y Bertoldo montó a caballo y se perdió. Y llegó el anochecer y Bertoldo no venía. Y el que se quedó cuidando el pájaro, al ver que Bertoldo no venía y lo agarraba la noche, metió la mano con cuidado pa agarrar al pájaro y lo que agarró fue un mojón, y le dio apretón tan grande, que se le resbaló y se le salió pa arriba.

El soplo

Eran dos leñadores que estaban tumbando un monte; y se formó una tempestad y cayó un gran aguacero, y entonces fueron a buscar refugio a una casa que se encontraba bastante lejos de allí. Llegaron y se encontraron una vieja que los hizo pasar pa dentro. La vieja les dijo entonces:

—Ustedes no han comido, se ve. Ya yo comí. Si hubieran llegado más antes, hubieran comido. Pero yo tengo dos boniatos ahí y se los pueden comer. Además, hay un poco de café.

Entonces los leñadores comieron boniatos y tomaron café. Y la vieja los invitó a que se quedaran esa noche ahí, porque los caminos estaban muy malos y el fango daba a la rodilla. Mientras se iban a dormir, uno de ellos se fijó pa la vitrina y vio un plato de majarete caliente que tenía empañada la vitrina, y entonces se dieron cuenta de que la vieja no se lo había querido dar.

Entonces un leñador dijo:

—Por la madrugaíta me lo voy a comer yo.

El otro dijo:

—No, yo lo voy a coger.

Y se acostaron a dormir, y como estaban tan cansados se rindieron al momento.

Por la madrugá se levantó uno medio dormido y se fue a buscar el majarete a la vitrina. Llegó, abrió la puertecita y pegó a comérselo.

Cuando se cansó de comer pensó: «Voy a llevarle el resto que queda a mi compañero». Pero como estaba medio dormido, se equivocó y fue pal cuarto de la vieja, que estaba desnuda en pelota en su cama, virá de nalgas. Entonces se creyó que era su compañero y en la oscuridad le dijo:

—Toma pa que veas que el majarete está muy bueno.

Y se creyó que las nalgas de la vieja eran la cara del compañero, y le fue embutiendo majarete. En esto a la vieja se le fue un viento fuerte y el leñador le dijo:

—No soples tanto, que está frío.

Los cuentos de Pancho Morejón

A Pancho Morejón le pasan muchas cosas. Una vez se recostó a un testero y se cayó con taurete y to pa trás, y metió la cabeza en un orinal y las mujeres al oír el ruido dijeron:

—¡Jesús!

Y Pancho dijo:

—¡No es Jesús, que es Pancho!

Otra vez estaba en casa de la novia y se le cayó el tabaco dentro de la polaina, y viendo que se estaba quemando, no se le ocurrió otra cosa que meter la pata dentro de la tinaja de tomar agua.

Esa noche se quedó a dormir en casa de la novia y guindó la hamaca en la sala, y por la mañana se quedó dormido, y la novia barrió la sala y apartó el taurete donde Pancho tenía la ropa. Y cuando Pancho se despertó y se dio cuenta de que el taburete se hallaba lejos, empezó a mecerse en la hamaca a ver si en una de las mecías cogía la ropa, y cuando se tiró a cogerla, se cayó de la hamaca y se dio el gran trastazo, y quedó en calzoncillos en medio de la sala, y de la vergüenza se disparó y salió por arriba del boniatal, y se escondió en el monte y no salió en dos días.

Otra vez corrió a caballo con las botas puestas, y con el trote de la bestia se le subió el pantalón y luego se le bajó y le tapó una bota, y cuando llegó a la casa, se volvió loco pensando dónde había soltao la otra bota.

Otra vez Pancho salió con frío y con apuro pa ir a Arimao, y cuando salió al potrero a buscar la bestia, salió en calzoncillos largos, que eran antes tos largos, y así en calzoncillos largos arreó al caballo, y cuando iban llegando a Arimao se dio cuenta de que iba en calzoncillos, del espuelazo que le dio a la bestia la metió en una loma.

Otra vez se echó una novia, y ella se pasaba las noches tejiendo al lado de él, y Pancho se cansó y cogió lo que ella tenía tejido, que era de la forma de un pañuelo y dijo:

––A esta la voy a castigar yo.

Y cogió el pañuelito y se lo metió en el bolsillo y le dio las buenas noches y se fue. Pero no se dio cuenta de que dejó la bola de hilo atrás, dando vueltas, prendía del pañuelo. Y la novia llegó y empezó a jalar y jalar, y Pancho ni sintió, a quince cordeles, cuando le sacaron el pañuelito del bolsillo. Y cuando lo fue a buscar, por poco se vuelve loco pensando en quién se lo había volado.

El guajiro con fe en la lotería

Un guajiro jugaba mucho a la lotería y compró una vez una hoja de diez pedacitos, y ya se creyó que tenía el primer premio en el bolsillo, porque le puso mucha fe al número.

El día que se jugaba la lotería se fue temprano pal pueblo, y antes de salir le dijo a su mujer:

—Si tú me ves llegar en máquina, bota tos los trastes viejos que tenemos en la casa, que es que me saqué la lotería.

Y se fue pal pueblo muy confiado.

Como a las tres horas, la guajira vio venir una máquina desde lo lejos, y empezó a botar tarecos loca de alegría, creyendo que su marido se había sacado la lotería. Rompía vasos y platos y sillas y espejos y to lo que tenía alante.

Pero lo que pasó fue que al guajiro lo había arrollado en el pueblo un carro y lo traían con las dos patas partías, y desde la máquina le gritaba a la mujer:

—¡Mujer, no botes na, que traigo las patas partías!

Pero la mujer ya lo había desbaratado to.

El guajiro descreído

Un guajiro compró dos pedazos de billetes de distintos números y se quedó con uno, y el otro se lo puso a la virgen, al pie de su imagen.

Y cuando llegó el día de la lotería, el billete de la virgen salió premiado y el de él no.

Y entonces el guajiro le dijo a la virgen:

—Ah, cabrona, cacho e puta, pa ti te traes la suerte y pa mí no.

Y le quitó el billete.

 

 

GALLEGOS

La pregunta del galleguito

Cuenta la gallega Anisia que a una campesina gallega, muy religiosa, católica, se le enfermó una vaca, y le dijo al nieto:

—Manoliño, vamos a rezarle a la virgen que está en el cuarto para que sane a la vaca.

Y se postraron ante la imagen enmarcada de una virgen.

Después que terminaron de rezar, le preguntó Manoliño a la abuela:

—Abuela, yo no acabo de comprender cómo la virgen va a salir de detrás del cristal para resolver el problema de la vaca…

El gallego y el peso

A un gallego en España le dijeron que el dinero en Cuba estaba botao; se embulló pal viaje, y al llegar a Cuba se apeó del barco y pegó a caminar allí por arriba del muelle y se encontró un peso plata allí. Entonces le dijo al peso:

—¡Cabrón, ya estás presentao aquí!

Y le dio una patá y lo tiró pal agua, y él mismo se dijo que era verdad que el dinero estaba botao en Cuba.

El gallego se bajó pa los pueblos, y esto era cuando el tiempo muerto de los malos años de la moratoria. Echó seis meses más en Cuba, y nada más que pudo comer noventa veces, como él decía, y no encontró ni un peso más arriba de na en el suelo, y se dio cuenta de que lo habían engañao los otros gallegos que le dijeron que los pesos en Cuba estaban regaos arriba de la tierra.

El letrero

Blanco era un joven gallego que vino a Cuba, hace muchos años, en busca de fortuna. Cuando llegó al puerto de La Habana, vio un letrero grande que decía:

VINO BLANCO DE ESPAÑA

A lo que Blanco, asombrado, respondió:

—¡Caramba! Acabo de llegar y ya me están anunciando. ¡Qué bueno es esto!

La maldad de la botija

Hace tiempo, en El Tesico, una loma cercana a Remedios, un gallego se encontró una botija repleta de oro. Del tiro el gallego se fue para España. Otro galleguito que era amigo de él no hacía más que pensar en cómo encontrarse una botija. A todo el mundo le decía que él, tarde o temprano, se encontraría una botija.

Según afirma el estudiante Pedro Rodríguez, la gente del billar de Miguel Ruinera le prepararon una maldad. Viene un hombre y le dice al gallego que, según su conocimiento de espiritismo, hay un muerto que quiere darle una botija.

El galleguito, al oír esto, se arrebató de contento, y entonces el hombre le dice que si está dispuesto a ir, debe saber que el dinero está en El Tesico, que hay que ir de noche, solo, y que el dinero no se podía regar en el suelo.

El gallego coge y va para allá y, efectivamente, ahí estaba la botija. Entonces prepara una sábana y cuelga la botija en un árbol, y cuando le da el palazo se rompe la botija, y se ha formado un reguero de orines de madre. Óigame, había que ver a ese gallego cómo bajaba la Loma del Tesico, todo apestoso y echando candela.