Durante muchos años hemos recogido numerosos cuentos populares cubanos ­­­­––entre otros materiales folklóricos––, recorriendo la Isla, desde la costa a la montaña, al llano, al batey, al villorrio. Los hemos colectado de todo tipo y tema, desde el cosmogónico hasta el mitológico, pasando por todas las variantes conocidas de la narrativa folklórica mundial.

En la presente edición ––aumentada con centenares de nuevos cuentos–– ofrecemos a nuestros lectores una antología del humor del cuento popular cubano. Relato generalmente breve, directo, creado aquí, en la Isla, por lo regular, o transformado, recreado al estilo cubano, cuando nos llega desde el humor cuentístico universal. Claro que hemos sido nosotros los redactores; el cuento ha pasado por nuestro estilo de escribir, de boca del informante. Hemos salvado sus esencias, sus variantes lingüísticas, su naturaleza. Así hicieron en su tiempo Boccaccio y los hermanos Grimm; estos últimos tomaron del folklore la cuentística infantil, tal vez la más bella del mundo. Es decir, el escritor fija, a su manera, con sus aciertos, el disperso genio popular, y salva de las variantes fuentes orales sus victorias expresivas. Así los artistas toman del pueblo y consolidan a través de un estilo personal idóneo, la cultura nacional, de preciosas raíces gregarias.

Cuando publicamos Cuentos populares cubanos en 1960, en la editorial de la Universidad Central de Las Villas, Alejo Carpentier, entre otros escritores que se ocuparon del libro, publicó un artículo, «Mil y un cuentos», en el periódico El Mundo, el 10 de noviembre de 1960.

Aquel libro nuestro era una muestra general de la narración oral folklórica cubana: mitos, cosmogonías, cuentos de animales, fábulas prodigiosas, y muchos cuentos de la picaresca y del humor general cubanos. De este libro inicial afirmaba Carpentier:

De «carreteros, macheteros, trovadores, carpinteros, vagabundos, marineros, pescadores de peje o de rana, donjuanes, borrachos, vegueros, monteros, cafetaleros, cargasacos, bembeteadores, leñadores, limpiabotas, cuenta-cuentos, chismosos, etcétera», ––cito palabras del prólogo–– sale este asombroso libro de Cuentos populares cubanos que acaba de ofrecernos Samuel Feijóo, Director de Investigaciones Folklóricas de la Universidad Central de Las Villas.

Centón y repertorio, antología de mil y un relatos, es el tomo donde ha vertido su gracejo, su inventiva, su poder de sátira, su inconformismo o sus entrañables orgullos, el oscuro «cuentero» de caminos y esquinas, de guardarrayas o cafés pueblerinos, dado a hablar por hablar, a narrar por narrar, con jocunda sabiduría venida de lo hondo. Fábulas, apólogos, leyendas, chistes, sucedidos, porfías, historias de hombres y de animales, se suceden en la recopilación de Feijóo, contribuyendo al mejor conocimiento del alma profunda de un pueblo todavía en proceso de creación de su literatura, de su poesía oral, como lo sigue estando para su música. Como en los tiempos de los «brujos cubanos», aparecen en la acción de los relatos ––de las acciones contadas–– los personajes tradicionales del isleño razonador, del gallego cauteloso, del sentencioso guajiro, del negro ocurrente. No faltan las malas palabras, los retruécanos intencionados, los juegos de palabras de dudosas consonancias, en los discursos que ha apuntado Feijóo ––algunos tomados de viva voz, otros transcritos con ayuda de la cinta magnetofónica. Pero más allá del documento, de la anécdota, de la evocación de una conseja, surge algo que nos deja admirados y suspensos. Y es la remota ejemplaridad de conceptos, de ideas, de situaciones, reveladas en textos que, mostrando el caudal de sus herencias, se remontan a las fuentes más antiguas de la literatura folklórica de todos los tiempos. Bien nos advierte Feijóo que en los cuentos recogidos por él  «se distingue algunas veces la transformación dada en Cuba a cuentos indios, europeos, africanos, árabes». Con la modestia que le es peculiar, prefiere dejar campo libre a los especialistas para determinar ciertas cuestiones de orígenes…

Seguidamente, Carpentier analizaba algunos cuentos, fábulas sobre todo, buscándoles contactos internacionales, variantes.

 Es bueno anotar que de los presentes cuentos de humor cubanos, una enorme porción ha sido creada aquí, surgida de la alegre imaginación del país, de los extraordinarios sucesos populares de nuestra tierra. Otras veces, estos han sido transformados. La cuentística oral surca, ondea por muchos pueblos. Y adquiere riquísimas versiones.

Carpentier, casi al final de su largo artículo, desliza un párrafo certero:

Samuel Feijóo hizo mucho más que regalarnos un extraordinario libro de cuentos criollos. Nos ha revelado cuán honda, universal, ecuménica, puede ser, en ciertos casos, la sabiduría de nuestro pueblo.

Aunque muchos de estos cuentos de humor se presentaron en aquella inicial recopilación, la mayoreaban otras fabulosas narraciones, que formarán parte de un voluminoso libro que preparamos.

  Los ingeniosos, simpáticos, cuentos cubanos populares de humor, reflejan el placer por la sorpresa, la exageración, la picaresca, la agudeza del concepto, o bien la sátira que es útil, sana, correctiva, contra la tontería, la torpeza, la avaricia, etcétera.  El modo de narrar, cerrado, sintético, que va al grano vivaracho, es de muy útil conocimiento para el filólogo y el antropólogo cultural, aun para el descifrador de la estilística. Por su modo de narrar se conocen también los pueblos, por los temas escogidos. El gran narrador ruso Máximo Gorki, al referirse al idioma de los cuentos populares, en su artículo «A propósito de los viejos cuentos» ha expresado: «Los cuentos populares pueden desarrollar la imaginación de los escritores, llevarlos a descubrir la importancia de la invención en el arte y, sobre todo, a enriquecer su vocabulario».

Vocabulario amplio, rico, directo, colorido, vivaz y creador el de nuestro pueblo, siempre inventando frases de humor, dicharachos encendidos, vocablos de rara chispa, comicidades sin fin.

Se han recogido estos cuentos, conservando, pues, el idioma y el acento populares. Cuidadosamente, les hemos dado la forma literaria. Entre los estilos de narrar, hemos hecho una síntesis flexible, que se debe al estilo popular. Sobre ello quisiéramos agregar que si bien seguimos el modo de narrar del informante, su jerga, la forma es nuestra­-en-el-pueblo, gozosa de esa fusión viva.

Los hemos buscado, repetimos, por remotos lugares, desde la playa salvaje, con su caserío de pescadores, hasta la tienda del callejón valle adentro, desde el café barullento hasta la refresquera del poblado.

Muchos cuenteros se han apenado al principio, al instárseles a la narración abierta. Algunos tenían miedo a lo picaresco del asunto. Otros no valoraban lo narrado, y afirmaban que no sabían sino «ocurrencias». Otros eran supersticiosos, no querían grabar ni dictar. Pero, por lo general, cuando les narrábamos algún cuento, de la picaresca popular o de hadas, se entusiasmaban, la contención quedaba rota por la campechanía campera nuestra, y los cuentos comenzaban entonces a ser dichos, con risa y bulla. (Es muy importante para ello el buen tacto del investigador, el humor, la natural asistencia cordial, el «sentido de la confianza» respecto a campesinos que jamás lo han visto y que tienden a desconfiar de libretas, plumas, grabadoras, cámara de cine o de fotografiar. Generalmente, al cuarto día de estancia en la zona, después que se ha ganado la confianza de sus moradores, es cuando el investigador puede escuchar narraciones, leyendas, mitos, adivinanzas, el refranero, cosmogonías, grabar las músicas, entrevistar ante micrófonos, fotografiar las casas, los muebles, los murales, los vestidos, orquestas, danzas, etcétera).

 Repetimos que andan por estas páginas algunos breves cuentos universales, aquí transformados, cubanizados. Pero el gran mazo de relatos es criollo, originado aquí, para alegría nuestra y de cualquiera.

Una advertencia a los pacatos y a los devotos de la moralina. Es esta: cualquier «mala palabra» o giro picaresco es lo usual en el folklore, tanto en Cuba como en todos los países del mundo donde esta valiosísima ciencia se ejerce. El folklore no se puede traicionar, desvirtuándolo.

Asimismo se avisa a los no entendidos, que cuentos donde isleños, chinos, guajiros, negros, norteamericanos, gallegos y curas salen graciosamente malparados, obedecen al estilo natural de narración jocosa del folklore universal. Es la sátira correctora, a veces muy cruda, pero así es. Más crudos son los cuentos sobre los isleños recogidos en las Islas Canarias, que aquellos anotados aquí. De labios de isleños y de guajiros hemos compilado una cuentística de sanísimo humor, entre risas mutuas. Nosotros hemos desempeñado severamente la tarea impuesta, tomando con fidelidad de boca del pueblo su cuentística, sin adulteraciones ni blandenguerías. Lo que narra el pueblo en su modo y estilo completo, lo recogemos sin «hermosearlo» traidoramente, sin «perfumar» su idioma vivísimo, sin mandar a la peluquería su expresión natural. Ello sería, además de traidor y anticientífico, un crimen contra la lingüística, la estilística popular, una mentira imperdonable, un atentado contra la legítima creación popular y su estilo verdadero, general, actual, por supuesto. Claro que la presente, es una selección, y no una colección completa. Y que nuestra redacción —nosotros hijos del pueblo, inmersos en su expresión— ofrece este tesoro del humor y de la fabulación cubana, al alegre pueblo que lo ha creado. Nuestra fidelidad a su estilo queda patente. Goce el lector, y aprenda, pues así cuenta el pueblo cubano.

Samuel Feijóo