El pájaro lindo tapado con sombrero

El guajiro Bertoldo iba pal pueblo a pie, y to descamisao; había caminao mucho y estaba cansao. Los zapatos los tenía abiertos, y le costaba trabajo andar.

Entonces vio venir a caballo a un guajiro muy bien vestío. Entonces pensó y se bajó los pantalones y hizo la caca en el medio del camino. Y le puso arriba el sombrero viejo que traía. Y se puso a darle vueltas al sombrero, gritando:

—¡Aquí se me va! ¡Aquí se me va!

En eso llegó el jinete y se quedó mirando el caso y le preguntó:

—¿Qué le pasa, amigo?

Y le contestó el guajiro Bertoldo:

—Es un pajarito muy lindo que tengo aquí abajo del sombrero; pero, fíjese, no tengo jaula, y quisiera ir al pueblo a buscar la jaula.

Y el jinete le contestó:
—¿Y qué usted quería?

—Bueno…, yo necesitaba el caballo,  el sombrero, la guayabera y las botas… Voy al pueblo y traigo la jaula…

Y el jinete le dijo:

—Se lo presto to. Pero venga pronto del pueblo con la jaula.

Y Bertoldo le dijo:

—Lo que usted no puede hacer es levantar el sombrero, porque el pájaro es muy lindo y se le puede ir.

Y el jinete dijo que no menearía el sombrero, y le dio la guayabera, el sombrero suyo, las botas y los espejuelos. Y Bertoldo montó a caballo y se perdió. Y llegó el anochecer y Bertoldo no venía. Y el que se quedó cuidando el pájaro, al ver que Bertoldo no venía y lo agarraba la noche, metió la mano con cuidado pa agarrar al pájaro y lo que agarró fue un mojón, y le dio apretón tan grande, que se le resbaló y se le salió pa arriba.

El soplo

Eran dos leñadores que estaban tumbando un monte; y se formó una tempestad y cayó un gran aguacero, y entonces fueron a buscar refugio a una casa que se encontraba bastante lejos de allí. Llegaron y se encontraron una vieja que los hizo pasar pa dentro. La vieja les dijo entonces:

—Ustedes no han comido, se ve. Ya yo comí. Si hubieran llegado más antes, hubieran comido. Pero yo tengo dos boniatos ahí y se los pueden comer. Además, hay un poco de café.

Entonces los leñadores comieron boniatos y tomaron café. Y la vieja los invitó a que se quedaran esa noche ahí, porque los caminos estaban muy malos y el fango daba a la rodilla. Mientras se iban a dormir, uno de ellos se fijó pa la vitrina y vio un plato de majarete caliente que tenía empañada la vitrina, y entonces se dieron cuenta de que la vieja no se lo había querido dar.

Entonces un leñador dijo:

—Por la madrugaíta me lo voy a comer yo.

El otro dijo:

—No, yo lo voy a coger.

Y se acostaron a dormir, y como estaban tan cansados se rindieron al momento.

Por la madrugá se levantó uno medio dormido y se fue a buscar el majarete a la vitrina. Llegó, abrió la puertecita y pegó a comérselo.

Cuando se cansó de comer pensó: «Voy a llevarle el resto que queda a mi compañero». Pero como estaba medio dormido, se equivocó y fue pal cuarto de la vieja, que estaba desnuda en pelota en su cama, virá de nalgas. Entonces se creyó que era su compañero y en la oscuridad le dijo:

—Toma pa que veas que el majarete está muy bueno.

Y se creyó que las nalgas de la vieja eran la cara del compañero, y le fue embutiendo majarete. En esto a la vieja se le fue un viento fuerte y el leñador le dijo:

—No soples tanto, que está frío.

Los cuentos de Pancho Morejón

A Pancho Morejón le pasan muchas cosas. Una vez se recostó a un testero y se cayó con taurete y to pa trás, y metió la cabeza en un orinal y las mujeres al oír el ruido dijeron:

—¡Jesús!

Y Pancho dijo:

—¡No es Jesús, que es Pancho!

Otra vez estaba en casa de la novia y se le cayó el tabaco dentro de la polaina, y viendo que se estaba quemando, no se le ocurrió otra cosa que meter la pata dentro de la tinaja de tomar agua.

Esa noche se quedó a dormir en casa de la novia y guindó la hamaca en la sala, y por la mañana se quedó dormido, y la novia barrió la sala y apartó el taurete donde Pancho tenía la ropa. Y cuando Pancho se despertó y se dio cuenta de que el taburete se hallaba lejos, empezó a mecerse en la hamaca a ver si en una de las mecías cogía la ropa, y cuando se tiró a cogerla, se cayó de la hamaca y se dio el gran trastazo, y quedó en calzoncillos en medio de la sala, y de la vergüenza se disparó y salió por arriba del boniatal, y se escondió en el monte y no salió en dos días.

Otra vez corrió a caballo con las botas puestas, y con el trote de la bestia se le subió el pantalón y luego se le bajó y le tapó una bota, y cuando llegó a la casa, se volvió loco pensando dónde había soltao la otra bota.

Otra vez Pancho salió con frío y con apuro pa ir a Arimao, y cuando salió al potrero a buscar la bestia, salió en calzoncillos largos, que eran antes tos largos, y así en calzoncillos largos arreó al caballo, y cuando iban llegando a Arimao se dio cuenta de que iba en calzoncillos, del espuelazo que le dio a la bestia la metió en una loma.

Otra vez se echó una novia, y ella se pasaba las noches tejiendo al lado de él, y Pancho se cansó y cogió lo que ella tenía tejido, que era de la forma de un pañuelo y dijo:

––A esta la voy a castigar yo.

Y cogió el pañuelito y se lo metió en el bolsillo y le dio las buenas noches y se fue. Pero no se dio cuenta de que dejó la bola de hilo atrás, dando vueltas, prendía del pañuelo. Y la novia llegó y empezó a jalar y jalar, y Pancho ni sintió, a quince cordeles, cuando le sacaron el pañuelito del bolsillo. Y cuando lo fue a buscar, por poco se vuelve loco pensando en quién se lo había volado.

 El guajiro con fe en la lotería

Un guajiro jugaba mucho a la lotería y compró una vez una hoja de diez pedacitos, y ya se creyó que tenía el primer premio en el bolsillo, porque le puso mucha fe al número.

El día que se jugaba la lotería se fue temprano pal pueblo, y antes de salir le dijo a su mujer:

—Si tú me ves llegar en máquina, bota tos los trastes viejos que tenemos en la casa, que es que me saqué la lotería.

Y se fue pal pueblo muy confiado.

Como a las tres horas, la guajira vio venir una máquina desde lo lejos, y empezó a botar tarecos loca de alegría, creyendo que su marido se había sacado la lotería. Rompía vasos y platos y sillas y espejos y to lo que tenía alante.

Pero lo que pasó fue que al guajiro lo había arrollado en el pueblo un carro y lo traían con las dos patas partías, y desde la máquina le gritaba a la mujer:

—¡Mujer, no botes na, que traigo las patas partías!

Pero la mujer ya lo había desbaratado to.

El guajiro descreído

Un guajiro compró dos pedazos de billetes de distintos números y se quedó con uno, y el otro se lo puso a la virgen, al pie de su imagen.

Y cuando llegó el día de la lotería, el billete de la virgen salió premiado y el de él no.

Y entonces el guajiro le dijo a la virgen:

—Ah, cabrona, cacho e puta, pa ti te traes la suerte y pa mí no.

Y le quitó el billete.