FINIS TERRAE CON UN MANTO ESCARLATA

He aquí una novela que empieza y acaba con un trueno. Dos truenos como dos plecas que encierran una historia turbulenta, un relato que, un poco más y no puede ser contado. Morir en el fin del mundo, de Amador Hernández, es de esa manera una historia retardada porque elementos tan propios de la novela de espionaje como la intriga o la desinformación, operan aquí desde el pasado.

Digo “retardada” y debe entenderse, no como deficiencia, sino como un propósito del autor. La meticulosidad con que se describen los sucesos que, en términos físicos abarcan casi la mitad de este libro encierra ese tipo de ironía con que el relato de intriga, en algunos casos, se libra de la datación y el patetismo. Un policía de mediana graduación, sin demasiada inteligencia, que carga con algunos traumas importantes como el de haber sido abandonado por su madre; empecinado, mujeriego pero sin elegancia, y, en resumen, propenso a la credulidad, se ve obligado a conformar una equipo de investigadores un tanto estrafalarios. El capitán Valdivié se reconoce de antemano batido por la exigencia que le plantea el enigma de un cadáver de unas cuantas décadas encontrado en una iglesia, así que obviará su modo habitual de proceder ( …se había acomodado a la búsqueda fácil, rodeándose de informantes baratos que le hacían el trabajo, se afirma en la página 47 de esta edición de Letras Cubanas) y solicita la ayuda de algunos eruditos de índole más bien extravagante. Con la elección de su investigador ―que en la práctica, como ya sabemos, es una suerte de hidra―, Amador Hernández nos advierte que se ha enrolado en una novela que acaso privilegie la lógica de su ensamblaje por sobre la de la conjetura y la inferencia. Insinúo que tal empeño no resulta nada superficial, pues el autor deberá convencernos de la validez de su propósito a base de movimiento y del carisma de sus personajes y también de su narrador. A fin de cuentas, en eso consisten las historias que ―aun― pagamos para leer: buena imaginación con su poco de metafísica.

El cadáver que en algún pueblo de Cuba del que se nos escatima el nombre, pero no varios datos puntuales, irrumpió en la vida machacona del capitán Valdivié, lanza su rastro hacia tiempos y lugares lejanos y peligrosos. Ese pormenor hará revivir la pesadilla del nazismo, especialmente lo relacionado con el llamado Holocausto y la historia del Saint Loius, el paquebote al que en 1939 se le prohibió dejar en La Habana a casi un millar de refugiados hebreos, y que como judío errante debió regresar a la exasperada Europa. En la práctica, tendremos como lectores que desenvolvernos en tres planos temporales: la víspera de la Segunda Guerra Mundial y la provincia cubana, antes y después del triunfo de la Revolución. Sin embargo, ningún lector mínimamente entrenado dejará de advertir desde el principio que el viaje de ida y vuelta del Saint Louis, así como todas las maniobras que lo preludian y le sirven de epílogo describen la trayectoria del futuro cadáver hacia el encuentro con la Taciturna, para decirlo con un término caro al poeta expresionista Georg Trakl. De tal modo, Amador Hernández otorga preeminencia al pueblo del Fin del Mundo, que cobrará una importancia particular, así sea por obra de lo tenebroso.

A pesar del tiempo pasado, el pueblo se verá estremecido por lo que el hallazgo del muerto extemporáneo pueda hacer reflotar. Es un muerto que no hará sufrir a nadie. No es el afecto lo que lo relaciona con la gente, sino las incómodas conexiones que amenaza con reavivar. La manera en que son tratadas las consabidas intrigas provincianas y las evidencias a que, unos más que otros, serán expuestos, son pasadas en Morir en el fin del mundo ―insisto― por una  ironía de autor más bien freática, que no excluye ni el pavoneo erudito, ni la fragilidad de carácter de algunos miembros del equipo investigador. Digámoslo con una frase un poco afectada, aunque al parecer inevitable: ese pueblo que no se nombra sino oblicuamente es otro de los personajes de la novela. Rebasa la función de “escenario”, para influir con su atmósfera en el desarrollo de la historia. Su personalidad desleída, sus leyendas, la manera chata de identificar topológicamente a los vecinos, el comportamiento de los investigadores, quienes echan mano al disimulo y el engaño, así como el de los propios interrogados le dictan a la narración un compás cuya fatalidad decide, incluso, la edad del muerto. El pueblo es, por otra parte, el contexto de una pesquisa secundaria o colateral que se constituye en metáfora: para identificar al autor de cierto pasquín,  el equipo del capitán Valdivié se ve obligado al estudio de los tipos y las peculiaridades de golpeo de todas las máquinas de escribir de que se tienen noticias, lo que alude con donaire al propio hecho literario.  En realidad, es este uno de los momentos de mayor lirismo de una novela que prefiere acoplarse al discurrir concreto, lógico sin llegar a extremos que la precipitarían en una nefasta neutralidad lingüística y que saca partido del habla coloquial en diálogos creativos, sugerentes, que nunca pierden el tono.

Entre dos truenos ―un fogonazo que decreta el despliegue del equipo de investigación y otro que devuelve a sus integrantes al encierro de sus existencias incoloras― tiene lugar el hecho que dotará de una importancia momentánea a este Fin del Mundo. En definitiva, como la mesa del Rey Arturo y como la ruleta, la Tierra es redonda o algo parecido y lo que una vez es el fin otra quizás sea el principio.

Rogelio Riverón.