Breve reflexión sobre Yo soy el Rufo y no me rindo, de Daniel Chavarría (Letras Cubanas, 2016).

Para el lector contemporáneo estar en contacto con la obra de Chavarría ofrece la posibilidad de disfrutar de la rica simbiosis de los productos gourmet, a los que les son inherentes las condiciones de útil y bello, y con ellas ponerse en contacto con una filosofía en la que la exclusividad y el buen hacer, crean éxtasis en el receptor y hacen de él un ser superior. De hecho, esa obra ha ganado por méritos propios formar parte indispensable del canon literario nacional. Fruto de su faena, ahora los lectores cubanos podrán experimentar muchas de esas sensaciones  con la edición de Yo soy el Rufo y no me rindo, que Letras Cubanas ha preparado a partir de la edición que se publicara en Uruguay en 1993 para honrar a Raúl Sendic Antonaccio, y comprender el porqué de la afirmaciones anteriores.

La autenticidad de la vida del Chava, cuyos puntos de contacto con la de Sendic podrá el lector ir descubriendo con la lectura —amén de la parca nota y advertencias que anteceden la obra en la actual edición—, le otorgan criterio de autoridad para «cantar» al entrañable líder de los tupamaros, a quien concibe como (lo cito): «… el mayor quijote que ha dado la historia de la República Oriental del Uruguay, y en ese tono quiero cantarle a mi descomunal compatriota, con toda la hipérbole que me inspira la hazaña de su vida».

En la nota a la edición, Chava deja bien claro que (lo cito): «De haber sido un buen poeta habría escrito con deleite biografías en verso. […], pero la de Sendic tan cargada de emoción, me tienta a escribir un poco de poesía en prosa», y esa intención del autor queda dirimida y superada en esta intensa novela biografiada o biografía novelada sobre el Bebe, auténtico revolucionario de la ciudad de Trinidad, antiguamente conocida como Santísima Trinidad de los Porongos, en el departamento de Flores; el Sendic que asesoró jurídicamente y luego encabezó las luchas emancipadoras de los arroceros y azucareros  (conocidos como los innombrables del Norte), y cuya impronta involucró a todo el país, hasta llegar a fundar el Movimiento de Liberación Nacional (Tupamaros) en la década del 60.  Desde 1963 comenzó su búsqueda por las hordas castrenses, lo cual lo obligó a luchar desde la clandestinidad en la ciudad; sufrió las torturas y vejámenes más execrables en prisiones junto a sus compañeros de luchas y no cejó hasta el último aliento. La huella de esa gesta marcó a los niños y jóvenes de mi generación, quienes no perdíamos un capítulo de la serie Los comandos del silencio, que contaba aquella «Aventura» de la guerrilla citadina.

La intensidad y la extensión de la novela resultan valores que se complementan en la medida en que, lejos de abrumar por lo segundo, el lector resulta atrapado en la urdimbre que se teje gracias a la pericia  característica  del canon narrativo del autor, capaz de convertir al lerdo en el más entusiasta lector; en guerreo, perito policial, amante, amigo y, más aún, en el mejor ser humano; en el redescubridor de su propia  lengua y, a la postre, disfrutar de un auténtico poema en prosa, como se propuso el autor. Despojado de ciertos atavismos, él se dispone a crear nuevas estructuras narrativas que le permitan dejar que cada personaje se desdoble en sí mismo, dialogue con otros personajes y ellos con el propio lector, en una dinámica que nos deja apreciar lo que los protagonistas de aquella parte de la Historia tuvieron la oportunidad de vivir, sufrir o conocer acerca de los demás, lo cual establece un cruce de testimonios que le brindan autenticidad al hecho narrado. En ese entramado se encuentran reminiscencias de la narrativa del autor que contribuyen a que se cumpla uno de sus objetivos: estudiar, divulgar y que se comprenda  la «poética» de la legión de guerrilleros del MLN (T) y en especial la de su líder y que el lector lo reconozca en la extensión de sus dotes estilísticas.

Por otro lado, el tejido argumental  ayuda a que se consumen otros de los propósitos del escritor (lo cito): «Esta obra debe resultar muy comprensible para uruguayos contemporáneos de los hechos. Y aspiro a que también lo sea para la juventud de hoy, muy poco amiga de leer análisis políticos, ensayos o compendios históricos. Pretendo además que en Nuestramérica, Sendic sea conocido por un vasto público mediante esta sinopsis de su vida palpitante. En la semblanza se incluye también el núcleo de su pensamiento político, social, económico y filosófico, con la mayor amenidad posible».

Así se presenta una panorama de esa sociedad con cierto tono incisivo, en el que no quedan fuera la mirada a sus fronteras con Brasil y Argentina y las líneas que sesgan a la propia comunidad uruguaya y crean un abismo entre el Norte pobre y el Sur, entre el campo y la ciudad; escruta las condiciones en que trabajan y viven los arroceros y los cañeros, quienes son el componente genético del Rufo cojonudo que van a leer página a página, con quien van a latir, a reír hasta la saciedad; con quien van gestar los planes de fuga más increíbles,  ejecutarlos… y escapar; con quien van a amar y a morir… con toda la intensidad y la emoción con que Chavarría decidió ponerlo a la luz de los lectores de este siglo.

Redys Puebla Borrero.