Cleva Solís (1918-1997) fue una poetisa de obra cuantitativamente comedida, pero intensa. Cua­tro libros de poemas adornan su bibliografía, to­dos ellos aportes intensos a la lírica cubana: Vigilia (1956), Las mágicas distancias (1961), A nadie espe­ra el tiempo (1961) y Los sabios días (1984). Nunca buscó protagonismo, y su labor fue ara: sitio de culto y de labor, no pedestal, nunca preocupada por brillar o sobresalir. A esto le llamamos modes­tia, sobre todo porque Cleva Solís era una dama de alcurnia literaria, de abolengo lírico, una eficaz trabajadora de la palabra, artista doble, de la pa­labra poética y de las imágenes pictóricas, ambas nimbadas de absoluto sentido de la cubanía.

En 1998, Cintio Vitier y Fina García Marruz compilaron toda su poesía en Obra poética. Am­bos agregaron un breve conjunto inédito: «El beso del Hada», y sumaron un grupo de poemas fechados o no, que se hallaban fuera de toda colección. En el prólogo, Fina escribió el mejor texto sobre la labor de Cleva, donde se lee algo rotundo y certero: «Cree­mos que este es un momento grande de la poesía cubana, con algo de esa enormidad de desolación de algunos textos de Poe». Si bien la prologuista se refería a solo un poema, «Las profecías», de Los sa­bios días, hay fuerza suficiente en el enunciado para extenderlo a todos los libros de Cleva.

Los sabios días mantiene el formato, las estructu­ras y los temas esenciales de toda su obra: poemas en versos libres muy rítmicos, prosa lírica y viñetas que funcionan como poemas en prosa, a veces con pequeñas anécdotas cargadas de lirismo. Me gusta­ría resumir los temas en uno solo: la sorpresa ante la realidad. No lo sorprendente a la manera surrea­lista, sino la actitud asombrada de la poetisa ante lo que ve, escucha, palpa, siente, en un conjunto sensorial en el que se enfrenta con singular aten­ción al mundo en torno. A veces Cleva mira como una niña. Una simpática mirada ingenua advierte belleza y bondad en el mundo en que otros cuen­tan dolor, penurias, «pecados» o inclemencia. Y esa ingenuidad maravillosa es la que hace del libro una lectura encantadora. Resulta como un despertar de tono azulado en el que los matices cuentan como poesía.

Claro que hay «Notas tristes», poemas en gris, pero Los sabios días se va decantando hacia la músi­ca y la pintura, audición y visualidad, que pueden centrarse en la cubanía de «Las Alturas de Simp­son» o «En la exposición de Ángel Acosta León». Dos poemas antológicos, sin dudas los mejores que se han escrito en Cuba sobre música no nacida en territorio cubano, conmueven por el conocimiento que hay detrás, pero asimismo por la calidad que la poetisa logra al llegar a «El jazz» o al evocar a «Georg Gerhwin». Fuera de estos textos muy diá­fanos, el lector puede hallar ciertas dosis de «oscu­ridad», ligada al hermetismo que le puedan ofrecer claves diferentes, como algunas ideas de inspiración espiritualistas, dígase esotéricas, ya visibles desde el primer poema que da título al libro. Allí se men­ciona a «esos doctores oscuros» en un poema que es todo luminosidad, o que trata sobre la luz de «lámparas» que poseen «iluminación inaudita». La «gran belleza» (alusión inicial del poema) culmina en «la magnitud / asombrosa del paseo» (verso final del texto). He ahí la palabra clave: «asombrosa», el asombro ha de presidir los poemas sucesivos: «El caminante», pictórico; «Los documentos», poema de franca visualización en medio de una estación de trenes; «De lo celeste», primer texto en prosa que se dirige a un «tú», mientras el sujeto lírico se sien­te rodeado «de una cautelosa sensación»; «Sole­dad» muestra el estremecimiento frente al paisaje; «La mañana» se pliega al «asombro»…

Cleva pinta, dibuja, colorea sus sensaciones vi­suales y las plasma en palabras. En «Viernes» tales sensaciones alcanzan grados descriptivos de alto valor poético: «Ha salido un carricoche de som­bras chinescas a llenar de púrpuras los celajes», y, a renglón seguido, nos ofrece la inquietud de una mirada marina que precisamente es eso: asombro ante la realidad: «El mar estaba tan abrumado como nosotros en arreglar lo hondo, lo profundo, su misterioso ser». Vuelve, al final de ese texto, al menos uno de los «doctores» del primer poema, y al repetir la lectura (el poema invita a hacerlo) se nos queda una sensación de extrañeza ante algo así como un atardecer frente al mar, en el cual se ex­presa el día como personificado: el viernes.

Tengo la sospecha de que Cleva Solís trabaja so­bre la base de la alegoría más que sobre la imagen o la metáfora. Alegórico es «La mina». Cada poema se puede leer con sentido de sucesión de alegore­mas: la mina igual a la vida, la labor en ella es el tra­bajo de los días, el trabajo es la búsqueda del Rostro, el rostro es la Faz, que tanto trató el magister Samuel Feijóo en su obra poética. A veces, Cleva arma el tex­to como si comentase, como si leyese de otro modo un poema de Feijóo. Eso complejiza mucho más la atención hacia su poesía, pues se requiere cono­cer la vasta obra del gran autor de Beth-el, Faz y el «Himno a la alusión del tiempo», poemas con los que nuestra poetisa suele «dialogar». Digo enton­ces que la influencia de Feijóo sobre ella es decisi­va, aunque no determinante, porque Cleva tiene suficiente espontaneidad poética, imaginación pro­pia, densidad de imágenes y cualidades expresivas como para que NO se le pueda tener por epígono de nadie. Uno por uno sus poemas demuestran lo que afirmo: Cleva es una poeta de imaginación po­derosa. Pero es cierto que ella hace circular su pa­labra poética entre los orbes de varios autores de la revista Orígenes y Samuel. Claro que le debe, y no poco, a la lectura de sus amigos José Lezama Lima, Eliseo Diego, Cintio Vitier y Fina García Marruz, aunque si de «influencias» tratásemos, la más pode­rosa es la del incitante Feijóo, quien la estimuló en sus dos artes: la escritura y la pintura.

No sé bien si la poetisa misma comprendía esa impresión de fuerzas creativas en torno a ella, pero dice en «Las profecías»: «¡He aquí la testigo! He aquí la discípula de abrir la res del día, de cargar compases hondos, e ilustrar el vapor de las puchas de los gritos volando en disturbios de matices, ca­yendo en florecimientos de ayes, reventándose en auroras […] ¡Ah qué perezoso le resulta a esta estu­diante escuchar los signos de las profecías…» Cleva estaba dando testimonio del «día-a-día», del fluido del tiempo, aquel que «a nadie espera», pero se sen­tía acompañada. Los sabios días no son confesión, sino testimonio. Un crítico no puede circunscribir un poema como «Ser» a la sola idea de que sea un texto «intimista». Ser, por otra parte, es una palabra clave dentro de la poética de Feijóo. Cleva lo «tra­duce» ontológicamente de este modo, valga la cita in extenso:

 

 

¡Solo la soledad es sabia!

 

                                                                    No arrogancia.

                                                          No estilo.

 

                                   ¡El vacío golpea

                                   y crea al huésped,

                                   la miseria golpea

                                    y crea al mártir!

                                    El inocente va seguro

                                                            a la salvación.

 

El ser ante el tiempo resulta el decursar de la co­tidianeidad. Eso está dicho de manera clara, pero de otro modo, en un fragmento del largo texto en prosa «De los sagrados amores», uno de los poemas más suculentos de Los sabios días. Allí, la poetisa anota: «El culto de la vida es singular, como la luz derramando sus cabellos sobre lo sagaz del tiempo, yendo por un camino seguro y lento». Ella poetiza la luz, pero a la luz transcurriendo, al día, a la lumi­nosidad que permite ver el colorido de la vida, en la que los tiempos concurren en el presente. Por eso encontramos un Diego Velázquez o el propio Cristo evocados, asomándose en «ahora» o en «este momen­to», instantes en los que «¿Había que olvidar qué?».

Los días (sabios) son tiempo fluyendo en la luz, durante los cuales se muestran amaneceres radiantes y crepúsculos llenos de colorido, «El corazón / se abandona / a su celo efímero», pero el libro es un muestrario de atardeceres. Qué espléndida lectura dona «De los azules desconocidos», donde Cleva apela a un cierto surrealismo de las imágenes; ya ad­vertí que a veces despunta la alegoría, pero en este poema en prosa rige la descripción-traducción del día desde lo celeste, visto de manera curiosa dentro de la ciudad, a partir de cuyas calles, mirando hacia los celajes, ella ve hasta un «obispo encendido», y, tras un trueno, figura «un rabo encendido de esperas». Para los que gustamos de la visión interpretativa del entorno, la poetisa es abundante en imaginación no meramente paisajista, sino transformadora del paisaje, que ofrece tantas figuras en los nubarrones como en las manchas de las paredes.

Tras una suite de textos breves, todos ellos so­bre la cuidadosa mirada del día desplazándose, el libro entra en un cambio esencial: la música. «No­tas tristes» ya la había evocado. En «La asignatu­ra del silencio» sentimos «el oído del ocaso» que «oye los pasos veloces», pero todo esto no es aún la apoteosis de lo musical, pese a ese jazz de «Rayito de sol» o el «Imperturbable son del tiempo». El ambiente musical irrumpe en dos poemas capita­les para adentrarnos en el jazz, algo que Cleva ha hecho como ningún otro poeta caribeño, latinoa­mericano. Se trata de «Música en el jardín», donde ya se prefigura el jazz, o «Entre la viola y el oboe», donde supone la voz de José Martí, la voz de la Patria. Es el sonido de la esencia de «Las Alturas de Simpson», cuando el poema no se trona letra de un danzón, sino búsqueda de la musicalidad del pueblo, ritmo que mucho le debe a la segunda par­te del grande y espléndido poema Faz de Feijóo, uno de los más bellos de la poesía de Cuba. Como en el texto de Feijóo, Cleva evoca a las gentes como nadando entre la música, como flotando, la músi­ca es un entramado, un océano, sonoridad por la cual no se danza solo sino que se traspasa, se anda en ella, y esas andaduras resultan danzarias, todo gesto, todo paso, es parte de una gran coreografía natural, cotidiana, el día se transforma en música y realidad danzarina.

El poema que sigue, puede parecer una interrup­ción, quizás si hubiese sido mejor situarlo detrás de «El jazz», pero seguro Cleva quiso detener la apoteosis que se iba a dar en este poema jazzístico, y para ello nada mejor que un pintor-poeta, cuya obra pudiera sentirse como música pintada: «En la exposición de Ángel Acosta León» hala al libro todo hacia el contraste entre el día-a-día y el arte diluido como pintura y como música, la luz hecha arte que la palabra poética debe plasmar. Acosta León ha muerto en el mar, suicidio por medio, pero a la poetisa no le interesa tanto la muerte como detenerse delante de los cuadros y cantar o contar desde ellos: «La guarapera», «El carricoche». Ella tiende a verlo desde la reminiscencia familiar, desde la familia (el padre) y el colorido que, sin embargo, está circuido de música: «Entonces eché a andar / por tintas clamorosas / de saxofones profundos».

«El jazz» es el gran poema de Cleva Solís. No he dudado en considerarlo entre los más fuertes, vibrantes y elevados de la poesía cubana. Quisiera desvincularlo de la segunda parte de Faz. La fiesta del texto es otra, la gente también, pues hay nom­bres estadounidenses y latinos: Shimmy, Bessie, Fausto; algunos son franceses del sur norteame­ricano: Paulette, Guy; todos bailan charleston, el ambiente sonoro y a veces casi cinematográfico se refuerza con «una risita socarrona: / ji ji ji ji ji ji ji ji ji ji ji ji / poniendo en el piano avispas encendi­das». La risa (jo jo jo) es parte de la música am­biente, el jazz tiene voz de personas, truena en los oboes, fulguran los pianos, la repetición de frases, algunas en inglés, arrecian el entorno festivo, has­ta que la muerte de alguien trae un nuevo sentido de musicalidad del conjunto, donde no puede es­tar ausente la antifonía de la muerte: hay humo en tus ojos, «Smoke in Your Eyes. / Yo lo cantaba y me dijo: / “todavía me envuelve el humo tuyo, / toda­vía me envuelve”. No le contesté nada y seguí». El ambiente de club, de nocturnidad, se resuelve en «tocar», pero los sucesos en torno harían que «Esa noche el timbre antifonal / y sentencioso del saxo­fón, / no tendría ya su verdadera gloria». Al poema musical lo ha dominado la muerte.

Si Feijóo describe un guateque en Faz, si Lezama Lima hace vibrar «El coche musical», Cleva des­cubre una sombra mortal en el nocturno del club (habanero, por qué no), la alegría (evasiva, frugal) sumada a la muerte, la música que es, más que ofi­cio, impetuoso día-a-día como un jazz penetrante. Amor, celo, letra de canciones, filmes, gentes de «destinos subdivididos», como diría Lezama, con­forman un ambiente jazzístico. Cleva lo logra de una manera magistral, ligando nombres, risas, so­noridades de instrumentos musicales, tramas, vida, muerte, lirismo y dramatismo, todo mezclado en una «improvisación» siempre indistinta, siempre cambiando, como el jazz… Ella se da cuenta del vínculo estrecho de la música del sur norteamerica­no, nacida de la resaca de la esclavitud, con la mú­sica popular de Cuba. Como pocos en el ámbito literario cubano, ella exalta esa música que está in­tegrada a las sonoridades del pueblo (junto al son, al danzón, a la rumba…), por lo que es una adelan­tada en tal tipo de aprehensión musical.

Luego de hallar este fulgor, este envoltorio ja­zzístico del día, a la poetisa le quedaba la intempe­rie cubanísima. La suite de «Los parques cubanos» se mete en el mundo maravillado de los poetas de Orígenes, que ven en el ambiente citadino mensajes de cubanía. Desde la calzada «más bien enorme» que describe Eliseo Diego, a las quintas, las calles, los barrios, el rico entorno de Fina García Marruz o al ambiente intrafamiliar y ampliamente citadino de Paradiso, Cleva llega a los parques, los explora, ve sus luces y sus ambientes decorativos, arbóreos, juega con la naturaleza aprehendida en Feijóo y se introduce ella en «La Plaza de Armas», para sentir que se pierde allí como un ave, luego se va al Parque de las Estatuas, y hasta viaja al «José Mar­tí» de la villa de Trinidad («como un dibujo muy fino / colocado en el centro»), para terminar en la pequeña suite del parque de Casablanca, frente a la bahía habanera.

Pero no, esta sección del libro no ha terminado. Faltaba «La gran velada», para cuya lectura, Cleva nos ofrece al principio una clave: «Batalla de Santa Clara, 1958».Nadie ha sumado este poema a los muchos homenajes y antologías que poetas y com­piladores de todas partes han hecho a la memoria del comandante Ernesto Che Guevara. ¿Por qué no se han dado cuenta de ello? Cleva es sutil, pone esa clave al principio del poema y luego lo fecha, al final: «Marzo 1969». El momento cimero capita­neado por el Che en la insurrección popular de la década de 1950, se resume en esta visión:

 

                                     Con una solemnidad callada.

                                    Los trabajadores no salían

de su asombro, del perfil

                                                    tan querido,

                                      y donde solo el amor y el sacrificio

        eran posibles en aquel hombre.

 

El poema puede ser considerado otra digresión, alta por cierto, para luego entregarnos el que cierra el conjunto: «George Gershwin», donde la poetisa vuelve al jazz, pero ahora desde un ambiente cu­bano tan nítido, que no podríamos dudar de que: «La Obertura cubana rompe de pronto / en un gua­teque. Hay un pregón. Y un firme / donde una lechuza se posa. Un ritmo de sonajas, de claves / de maracas y marímbula / es muy transparente y ligero, se pasea cadencioso». O sea, Cleva entra a un «jazz a la cubana», cuyo resultado es un «guate­que», o un «son»: «Sobre la escaladura de la Haba­na Vieja, / el bombardino y las maracas / con el ojo del son rastrea y se monta y se desmonta».

Ahí termina el conjunto de Los sabios días, al que se agrega otro anexado, esta vez todo en prosa: «La celesta». Ella lo subtitula como: «(Algunos breves relatos durante mi primera infancia)», y son en verdad catorce breves cuentos o anécdotas plenos de lirismo más que propiamente poemas. En ellos se concentra la «mirada ingenua» del mundo que anoté al princi­pio, porque son justo reminiscencias de infancia en que los grados de candidez ofrecen el matiz poéti­co, inocente incluso. Quizás el mejor sea «El hom­bre de negro», pero «Las españolas», «De la alegría» («La alegría viene con alas ridículas algunas veces») y «De los mágicos dominios», convierten la reali­dad observable del rincón habanero denominado Monte Barreto, en una suerte de paraíso infantil. Allí, la niña se encontró con un caballero de ojos azules, y le preguntó: «Señor, ¿es cierto que usted lo ve esto y aquello azul, siempre azul?». ¿Cómo podría ser de otro modo? Ante la ingenuidad de la infancia, el color de los ojos debería teñir toda la realidad. Cleva saca mucho partido a la remem­branza, logra textos intergenéricos o intertextuales, y el resultado es un buen manojo lírico.

La reedición de Los sabios días es un magnífico modo de celebrar el centenario de Cleva Solís. Su lec­tura es una fiesta que nos damos a nosotros mismos.

Virgilio López Lemus

Mayo de 2017