1er poema

 

MACERAR el cuerpo. Separar el líquido del hueso y la carne. Poner a curar la piel. El peso de los días me hinca hasta dejarme ciego, vagabundo; un desconocido en mi propia casa, en mi propia calle, en mi propia conciencia. Macerar con la precisión de los matemáticos, el desgano de las putas, la obsesión de los psicópatas, la fe de los creyentes, el dolor de los poetas…

Macerar el cerebro, ponerlo a colar como al café. Reconstruirme luego con la paciencia de los artesanos, la perseverancia de los ilusos…

Yo soy el iluso; el poeta que pierde el control de las palabras.

Macerar hasta el tuétano. Aislar los sentidos con rebeldía adolescente.

Macerar la memoria. Incrustarme en las paredes, para que con huevos y piedras me fusilen. Macerar hasta perderme como los náufragos, los menesterosos, los suicidas…

Macerar.

Macerar.

Macerar…

2do poema

«YO ERA UN ENFERMO y no tenía cura».

Así decía mi padre, y yo hundía los ojos en la nada, desprotegido, sin armas para defenderme. Los adultos me miraban impetuosos. Los muchachos del barrio eran el eco, la sentencia de sus padres. Todos huían de mí como de los perros con rabia.

Contagio. «Mi enfermedad era contagiosa», propagaba mi padre. Temía que me acercara a los humanos porque corría el riesgo de ser un perseguido; arrancado, como la mala hierba. Hecho invisible.

«Los menores no tenemos juicio y somos como nos hicieron los mayores», pensaba mientras dudaba que mi padre fuera limpio.

A mi padre le aterraba ser señalado con el dedo, que indagaran sobre su vida y no le dieran crédito en las reuniones de vecinos; a él, que no sabía existir sin lengua y ponía el dedo sobre la llaga.

Mi padre sacaba cuentas, hurgaba en su pasado y el de mi madre en busca de algún hallazgo genético que le propiciara una pista para llegar al fondo, y quitarse de encima el peso que no lo dejaba ascender, dominar desde su fronda, como el más fértil de los hombres.

Yo era un enfermo, contagiaba, no tenía cura. Y mi padre me encerró en el cuarto y me tapó la boca.

«Yo era un enfermo» y eso bastaba para ponerme una soga al cuello, como a los animales domésticos