Prólogo del libro OPPIANO LICARIO BIBLIOTECA LEZAMA

Es ritual de intolerable hipocresía literaria comenzar los escritos autoproclamando que uno no es el llamado a tratar un tema o que mi pluma modesta carece de la grandeza que exige el análisis de este asunto, etc., etc. Detesto esa práctica. Pero por honestidad intelectual debo aclarar ahora por qué, en esta ocasión, abandono el campo de la sociología y la historia económica que constituyen mi especialidad, mi medio natural, y transito los caminos que conducen a la novela y la poesía. Lo hago porque en una noche de recordación y de vigilia María Luisa Bautista, viuda de Lezama, conocedora y participante de la amistad entrañable que me unió durante más de treinta años a su esposo, me pidió estas cuartillas como introducción a la edición cubana de su novela Oppiano Licario. Ella, que durante tantos años fue parte activa en nuestras interminables conversaciones, mientras tomábamos «el mejor té de la Habana Vieja», como dijera siempre Lezama del que ella nos preparaba, sabía como nadie cuanto de común nos aunaba y cuanto de diametralmente opuesto nos identificaba en esa unidad de los contrarios que tanto Lezama gustaba en señalar. Ella, que sabe con qué amistosa ansiedad seguí el lento acumular de páginas, instándolo en cada visita a que escribiera, me mostró

un día en sus manos de amoroso temblor el manuscrito inconcluso, en el que la letra se había ido haciendo progresivamente ininteligible —la cercanía de la muerte jugando con su pulso— y me pidió sencillamente estas palabras.

Hablar de la novela y la poesía de Lezama Lima con el rigor intelectual que ello requiere es algo que yo no puedo hacer y lo confieso sin falsas modestias, ya que mi especialidad ha sido siempre otra. Lo que sí me siento con fuerzas de intentar, y este será el sentido exclusivo de estas páginas, es acercarme a Lezama y su época —que es también la mía— y analizarlo como hecho histórico-social, como fenómeno cultural de trascendencia excepcional en la historia cubana.

Cintio Vitier, en una apasionada crítica —siempre he creído que la pasión es un ingrediente noble— señalaba el impacto que «Muerte de Narciso» y «Enemigo rumor» produjo entre los jóvenes que por entonces nos iniciábamos en la vida intelectual. Cintio capta con gran sagacidad que Lezama irrumpía sin aparente relación con nuestro desarrollo literario anterior: su obra no traía ecos de los escritores que le habían precedido y era asimismo distinta de la de sus contemporáneos. Su tiempo no parecía ser histórico ni ahistórico, sino literalmente, fabuloso. Fue en esa época cuando, de manera casual, yo conocí a Lezama, y creo nos presentó Roberto Diago, en quien ya se auguraba uno de los más grandes pintores cubanos. Lezama poetizaba, Diago pintaba, y yo me iniciaba en mi primera investigación sobre condiciones de vida en los «solares» o casas de vecindad.

La impresión que la persona de Lezama me produjo fue la misma que Cintio refiere de su poesía. Era un ser que no veíamos insertado en el contexto cubano de la época, pero tampoco fuera de él. Sin que sea un juego de palabras: era cubanísimo, pero parecía no tener nada que ver con Cuba. Nuestras primeras conversaciones extensas se originaron en la cárcel del Castillo del Príncipe, donde él tenía un misérrimo puesto burocrático, a cargo de no sé qué asuntos legales. Dánae tejiendo el tiempo dorado por el Nilo, o Narciso en pleamar fugándose sin alas, eran tan aparentemente incoherentes con Chicho Botella acusado de escándalo público en el billar de Yeyo, que la coexistencia real de ambas imágenes nos producía una sacudida cósmica. Esto no es un chiste: no cometeríamos jamás la falta de respeto de bromear en este prólogo. Se trata del hecho real, concreto, de que Lezama durante seis horas diarias estudiaba y organizaba expedientes de presos comunes, que cumplían condena por escándalo, robo, juego prohibido, etc. —en esta cárcel no había siquiera grandes delincuentes, lo que supone una categoría aunque sea en el crimen—, y simultáneamente dejaba el veneno de la más exquisita poesía:

 

Cautivo enredo ronda tu costado

Nevada pluma hiriendo la garganta

 

Este poder de aislamiento entre la realidad circundante y el mundo exterior creo que es la primera característica a destacar de Lezama.

Ahora bien, aislamiento no significa en momento alguno desconocimiento o ignorancia de esa realidad. Es precisamente la conciencia de la realidad, el conocimiento de lo circundante, una necesidad previa al aislamiento efectivo. Quienes tuvimos la dicha de conversar años enteros con Lezama, sabemos hasta qué punto podía describirnos, aun en los detalles más íntimos, el submundo político-social cubano que nunca llevó a su poesía y sólo a momentos surge en su novela. En este sentido creo que, por exclusión, Lezama Lima es uno de los escritores más realistas de la literatura cubana. Su concepto de la cultura, que nunca se preocupó de elaborar, era eminentemente clásico. Todo su saber, que era inmenso —creo que muy pocas personas han acumulado y procesado poéticamente una suma de información semejante a la de Lezama— giraba alrededor de la concepción clásica de la cultura como creación del espíritu.

Si se parte del concepto clásico de cultura como creación del espíritu, es lógico el aislamiento como condición sine qua non para llevar a cabo el quehacer cultural aunque, como ya señalamos, ello no implique necesariamente la imposible ignorancia del mundo de las cosas físicas, las necesidades biológicas y las relaciones económicas. Ningún hombre puede desconocer esa materialidad que constituye, a fin de cuentas, la única arcilla moldeable para toda creación. Su labor fue recogerla y transmutarla. El nacido dentro de la poesía —nos dice— siente el peso de su irreal, su otra realidad, continuo. Tocamos este punto no por mero análisis filosófico o literario de Lezama sino porque, en cierta forma, va a explicar sus posiciones político-sociales. Casi veinticinco años de la vida literaria, pública, de Lezama, desde «Muerte de Narciso» (1937), hasta 1959, manuscrito definitivo de «Dador», transcurren en un medio donde toda la acción oficial parecía destinada a la anticultura y la corrupción. Ya Lezama en sus tiempos de estudiante universitario había participado en las protestas contra el gobierno de Gerardo Machado, y Raúl Roa, en unas bellas páginas, recoge la imagen de aquel joven delgado y asmático entre los grupos de la manifestación donde cayera asesinado Rafael Trejo. Frente a la deshonestidad administrativa creciente, frente a un proceso corruptor que se agigantaba y parecía arrastrarlo todo, frente a la dependencia extranjera que propiciaban los políticos de turno, frente a las drogas, el juego y la prostitución como atractivos turísticos, frente al gansterismo —las mafias tenían como guaridas el Ministerio de Educación y la Universidad— , frente a la ola de frustración y desesperanza que a momentos invadía a

la Isla, es comprensible su abroquelamiento en la cultura, como foco de resistencia en la batalla para defender a todo trance el puñado de valores que le identificaba con el pasado cultural y le prestaba una razón digna de vivir. Que había otros caminos, y que otros cubanos seguían en esos otros caminos, es evidente. Que mientras unos se refugiaban en la cultura otros alzaban los puños en los sindicatos, enfrentaban la tortura, la cárcel y la muerte, llenaban las paredes de consignas, y frente al naufragio sumaban esperanzas,es evidente. El propio Lezama, que saludó con Aleluyas la Revolución, ha hablado sobradamente de eso. Ahora bien, la existencia de otros caminos que hicieron posible la honda transformación que hoy vive el país no niega el estoico que hacer cotidiano de una vida enfocada hacia la incorporación del saber, que se devuelve, elaborado en poesía, en una obra literaria de maestría excepcional.

El calificativo estoico no lo hemos colocado al azar. Conocí íntimamente el mundo visceral de la república seudoindependiente, y sin reserva alguna afirmo que, dedicar la vida a la creación literaria y publicar durante diez años una revista como Orígenes, fue un acto de extraordinario esfuerzo y estoicismo cotidiano. Recuerdo cómo la categorización de «comemierdas» hería como un látigo de diario restallar en el cuerpo de quienes tenían la cultura como objetivo fundamental de vida. Recuerdo a Lezama, caminador incansable a pesar del asma, ahorrando los cinco centavos del transporte, para acumular el pago de futuras publicaciones. Porque a pesar de que el prestigio literario comenzó a rondarle desde muy joven —antes de los veinte años—, no fue hasta el advenimiento de la Revolución que Lezama logró un empleo decentemente remunerado en el campo de la cultura y tuvo la posibilidad, desde cargos dirigentes, de volcarse en una labor editorial sin limitaciones. Cabe preguntarse ahora, qué representó Lezama Lima en el desarrollo cultural cubano. Responder esta pregunta nos llevaría de inmediato a dos vertientes distintas de su aporte. Una es Lezama como escritor; otra es Lezama como animador, como aglutinador de un movimiento cultural, como maestro. Ambas facetas están informadas por un punto en común de partida: el concepto que Lezama tuvo de la cultura, y por ende, de la responsabilidad intelectual. Ya vimos el sentido que le guio siempre de que el hombre de cultura es depositario temporal de una acumulación histórica que debe preservar, agigantar y transmitir. Este pensamiento, que era en él categoría espiritual, le prestó la conciencia histórica de quien se sabe estación de tránsito y no punto de arribada final. Por eso se expresaba, y publicaba, no sólo su obra, sino la de todos aquellos que él tenía la responsabilidad de transmitir. Soñaba siempre con ediciones y reediciones. Su Antología de la poesía cubana fue una obra maestra de búsqueda, selección y análisis, con un prólogo de asombrosa nitidez expositiva. Porque con la misma sencillez con que afirmaba la existencia de «una poesía clara y una poesía oscura», podía entregar una prosa clara o una prosa oscura, según hablase de las cosas o del reverso enigmático de las cosas. Esta dualidad creadora hacía de él, por ejemplo, el poeta hermético de las minorías y el más sabroso y divertido contador de chismes y chistes que conociera la Habana. Esta dualidad muestra hasta qué punto en Lezama no hubo evasión de la realidad sino compartimentación: no torre de marfil —odiaba esta frase— sino capacidad de estar alternativamente en el mundo de las cosas reales o en su mundo interno donde las cosas cobraban otra realidad. Por eso pienso que la forma más inadecuada de leer a Lezama es la de «interpretarle», es decir, intentar traducir su código interno de señales a los valores de los códigos externos. Como cuando Lezama dice:

 

…y las naranjas entreabiertas mostrando

la cuna que mece al leopardo…

 

no hay otra posibilidad de comprenderlo que no sea partir del hecho sencillo de que Lezama está hablando de las naranjas entreabiertas que muestran la cuna que mece al leopardo. En esto consiste exactamente el distanciamiento. Naturalmente que si la cultura es una creación del espíritu cuya materia prima es la sabiduría aprehendida poéticamente; si esa creación del espíritu es independiente del mundo de las cosas y de las relaciones de producción, también es independiente de la política partidaria. Y aquí es donde salta la liebre de la discordia entre una postura marxista yy una puramente idealista del quehacer cultural.

 La Revolución, que forzosamente era desgarramiento y ruptura, conmovió los cimientos teóricos de Lezama. El distanciamiento, la compartimentación, la cultura aparte de la política, se hicieron bruscamente imposibles. El mundo de las cosas reales desbordó su mundo interior, y el poeta de la filosofía del clavel, las aventuras sigilosas, la fijeza y dador, ya extraordinariamente grueso y sedentario —aquel asmático elástico y caminador!—, ante la amenaza de una invasión mercenaria a su patria, recogió la mambisa tradición familiar y declaró que en ese caso se le vería por las azoteas disparando con un fusil. En 1966, en las ediciones de la Unión de Escritores y Artistas, de la cual era vicepresidente, se publica su novela Paradiso y en 1970 el Instituto del Libro edita toda su poesía. Ya no necesitaba guardar los centavos del pasaje para ver sus libros publicados. El país se debatía en una lucha a muerte contra la ignorancia, la dependencia y el subdesarrollo. Lezama entregaba a Cuba una obra literaria que cerraba, en su punto más alto, una tradición. Las palabras de Cintio podrían expresarse de nuevo, pero a la inversa: aparecía con nitidez su continuidad con lo inmediato anterior, su tempo histórico. Su fuerza de ruptura estaba dada ahora con el futuro.

La otra vertiente de la obra de Lezama está conformada por su necesidad de comunicación y transmisión del hallazgo poético y se revuelve en revistas literarias —Verbum, Espuela de Plata, Nadie Parecía y Orígenes— alrededor de las cuales se va nucleando un grupo literario que será definitivamente conocido con el nombre de esta última revista: el grupo Orígenes. De este grupo se ha hablado mucho, y no seré yo quien haga su juicio literario. Lo evidente, lo innegable, cualquiera que sea el calificativo que se le aplique, es que el grupo Orígenes llena uno de los momentos más importantes de la historia cultural cubana. Orígenes y Nuestro Tiempo — dos polos del quehacer literario y artístico— se constituyeron a lo largo de unos diez años en los únicos reductos culturales habaneros con definida conciencia histórica de su función. Décadas de germinal amistad con Lezama, Mariano, Portocarrero, Gaztelu, Cintio, Fina, Octavio, Eliseome han permitido adentrarme en el mundo original de Orígenes. A pesar de mi amistad con todos ellos, muy honda y estrecha con algunos, jamás pertenecí al grupo sencillamente porque mi mundo político-cultural era otro. Pero siempre seguí paso a paso su obra, respetándola y admirándola, aunque no compartiéndola.

El cisma de Orígenes, ocurrido en 1954, fue seguido por una relación de insultos que se prolonga hasta los primeros años de la Revolución, ya que el grupo cismático, por el hábito de agredir, logró apoderarse de posiciones burocráticas dentro del aparato de la cultura oficial, y quisieron negar sus orígenes como dijera Lezama en frase genial. Nunca olvidaremos con qué elegancia de arcángel intocado contempló Lezama el carnaval de calumnias. Este hecho lo citamos sólo por un dato: los ataques de este grupo «antiorigen» —aunque derivado de Orígenes— han sido presentados en el extranjero como una posición de la «cultura oficial». Hoy todos los vocingleros medran fuera de Cuba, sin una obra literaria y artística que los respalde, cobrando migajas por aullar. Y el grupo esencial de Orígenes, salvando con su condición humana y amor a Cuba la brecha que los separaba del socialismo, están, a pie firme, colaborando con la obra cultural de la Revolución.

Recuerdo de manera precisa mi última conversación con Lezama: fue el domingo primero de agosto de 1976. Al día siguiente yo partiría para México y Lezama y María Luisa me encargaron, entre otras cosas, que trajese unos ejemplares del primer tomo de sus Obras completas que, según noticias recibidas del editor, estaba ya a la puerta del horno. Deseo verlas pronto, me dijo con cierto tono de ansiedad que yo no comprendí. Varios días después, el 10 de agosto, mientras desayunaba en un hotel, el poeta argentino César Fernández Moreno, sin pronunciar una palabra, me mostró una noticia en la primera página de un diario: Murió ayer en la Habana el escritor cubano José Lezama Lima. No sé por qué entonces recordé su antiguo y habitual saludo: ¿Qué tal de resonancias? El paquete con sus Obras completas, ya en mis maletas, pesaba como un fardo: era tarde.

¿Qué tal de resonancias?

 

Forrando su jazmín la muerte acrece.

Una mitad, la tierra inclina y llora.

Otra, en nueva cita inclina, y resplandece.

 

Espero que mis palabras sean recuerdo fiel de tu figura.

Gracias.

 

Manuel Moreno Fraginals