Morir dos veces

En alguna parte de la vecindad,alguien tocaba el piano

 

Hoy ha muerto un piano.

El piano. Mi piano.

Le cayeron a golpes.

Lo asesinaron

porque tenía comején.

Su corazón estaba pudriéndose

como el mío, exactamente igual.

Sus cuerdas estallaron, abajo.

Sin sonidos, sin pasión.

no pude ver

en qué funda envolvieron los restos,

su teclado amarillo, el alma.

 

Me fui al mar

culpable por no haberlo defendido

en su agonía.

Culpable por dejarlo morir dos veces.

La primera, cuando dejé de tocarlo hace años.

 

Así murieron dos veces mi padre y mi hermano

que compartían conmigo la butaca de caoba tallada

cuando tocábamos a cuatro manos «Para Elisa»

y el gato Musso se acostaba encima,

en la tardecita

para vernos tocar.

La pared ahora solo puede ser una pared sin música

con una huella indiferente al centro

(otra mancha)

donde pondrán una tabla con flores para sustituirlo.

El cementerio del piano, su tumba.

Siempre tendrá desniveles, aunque pretendan emparejarla.

Ni siquiera habrá un gato rondando por allí su cabeza

amarilla.