OCULTO EN MI PECHO BRAVO

 

Cuando acabé de leer Mascarada, el libro de Yenet Pérez Prieto que con gusto intento ahora presentar, comenzó a rondarme el recuerdo de un poema de Charles Baudelaire. Era un recuerdo por asociación, porque en algún rincón de mi memoria lectora ―que es un depósito saturado y corrupto― se avivaron sensaciones que ya había tenido. Inevitablemente, inferí que se trataba de “El navío”, recogido en Las flores del mal y cuando fui a comprobarlo en una edición bilingüe de 2011 de la editorial argentina Colihue, me di cuenta de que el traductor usó la palabra “pollera”, donde otros han empleado “falda”, “saya”  o incluso “refajo”. No le critico esa predilección por lo local, pues imagino que Borges, en momentos de benevolencia, lo hubiera aprobado.

Sin embargo, el hecho de que Mascarada me conecte con Baudelaire no es responsabilidad de su autora. Uno construye sus afinidades por su carácter y también por su malquerencia. Mascarada es un libro en cierto sentido angustioso, pues muchas de sus claves están en la plegaria, el salmo y la ceremonia. Lo que me sorprende es que el ritual anunciado desde su título no se rebaje a una puesta en escena; no es un despliegue de asociaciones en busca de efectos luminosos, sino una suerte de contrición por el lenguaje.  Este libro, que conozco un poco más gracias a que soy el responsable de la edición de Letras Cubanas, me ha hecho pensar, nuevamente, que la poesía, como el tiempo, es inasequible; que acaso sea un delirio modelarla del todo, que encerrarla en versos es un acto más bien desesperado y provisional y sin embargo, puede reclutarnos, como ahora y volvernos buenos, al estilo de San Agustín.

Sé que Mascarada se gestó durante años, que esto en lo que se ha convertido no ha dejado de pugnar con su autora, aunque colinda con su existencia. En todo caso este libro nos hará volver los ojos hacia una poesía que parece confiar más en lo constatado que en las sensaciones, que entabla con la experiencia una batalla minuciosa, que convoca a determinados hitos del arte y de la tradición cultural, no para pasearlos frente a nuestros ojos, sino para que nos pidan tributo desde su prestigio mutante. La mascarada aquí tiene lugar también a nivel de lenguaje, no tanto porque se ocultan, se velan propósitos, sino porque son sometidos a un ceremonia cuya duración ha sido prevista. Los sucesos son “pasados por las palabras”, antes que dichos y si resisten la tensión, se les concede autonomía. La mascarada es la ambivalencia solo en lo que tiene que ver con el sentido abarcador de la poesía, pero la voz de este libro no se desdice, no simula. Su discurso no es neutral, no trabaja por acumulación, sino gracias a una bien concebida estrategia que incluye tanto la cadencia oral como el intento de diálogo (narrativo).

Asuntos como la experiencia, el dolor, la espera, la identificación con los otros, el amor y lo femenino son relacionados en este libro por un sujeto lírico que parece dominado por la serenidad. Esa es su trampa y su atractivo: no patina en la exageración al nombrar lo importante. Son versos adensados, de largo aliento en su mayoría, y dan la impresión de haber sido meditados largamente, como si la poeta sopesara incluso la posibilidad de no darlos a conocer. Son como piezas ensambladas por gravedad, en las que todo tiende al centro y que parecen rotar frente a nuestros ojos porque deben ser vistas desde muchos ángulos.

El poema tridimensional. El poema que gira sobre su centro. Que desbasta las palabras para reforzar el significado de un libro.

Rogelio Riverón.