La novela Yo soy el Rufo y no me rindo, de Daniel Chavarría, obtuvo este año el Premio del Lector, convocado por el Instituto Cubano del Libro. Como adelanto a la eminente reedición de este importante texto, publicamos el prólogo a cargo de Rafael Hernández.

LA DOBLE HEREJÍA DE EL RUFO

Veinticinco meses después de haber desembarcado —o más bien naufragado, según relató luego uno de los expedicionarios— en una costa cenagosa al sur de la Sierra Maestra, Fidel Castro y sus rebeldes entraban triunfalmente en La Habana. No solo Cuba, sino América Latina y el Caribe, ingresarían en lo que Braudel llamaba una aceleración del tiempo histórico, cuyas vibraciones se propagarían por el hemisferio y más allá.

La Revolución Cubana producía una lectura instantánea, como la que deja un foco incandescente sobre la retina: una tropa de campesinos, liderados por un puñado de jóvenes resueltos, alzada en armas en una zona montañosa, capitalizaba las frustraciones de todo un país, magnetizaba a una oposición «sin ideología» definida detrás de un liderazgo incontestado, ponía en jaque a los poderes establecidos, y derrotaba militarmente a unas fuerzas armadas diez veces mayores, entrenadas por profesores de West Point. Puesto que frustraciones nacionales, campesinos pobres, jóvenes resueltos y montes intrincados no faltaban en la región, esas revoluciones, que en Washington identificarían con horror como «otras Cubas», se transparentaban a la vuelta de la esquina.

La nueva izquierda emergente en todas partes se desmarcaría de la vieja, de partidos comunistas herederos del Komintern y atados a la línea de Moscú, de poner todos sus huevos en la canasta electoral-parlamentaria, y del orden surgido del pacto de Yalta, que repartía el mundo entre el Este soviético y el Oeste capitalista.

El Muro de Berlín, meridiano que dividía el planeta en husos geopolíticos, establecía que Gdansk, Budapest y Rostock correspondieran a los tanques del Ejército Rojo; y que Marsella y Turín (donde se implantaban los dos mayores partidos comunistas fuera de la URSS) cayeran dentro de los cuarteles de la OTAN y el bloque anticomunista. Ante ese orden sellado, y en el casi siempre fiel hemisferio donde la OEA y el TIAR salmodiaban la Doctrina Monroe, La Habana era algo así como la meca de la herejía.

En la cresta de esa nueva ola sacrílega, se desgajaban a las izquierdas de casi todos los partidos establecidos, desde los comunistas hasta las democracias cristianas; proliferaban nuevos movimientos de inspiración radical; el pensamiento marxista se ponía de moda, incluso en las grandes universidades de Occidente; aparecían nuevas editoriales dedicadas a su abastecimiento, desde Lenin y Trotski, hasta Mariátegui y el Che Guevara, pasando por Mao Tse Dong y Amílcar Cabral, Gramsci y Lukacs, Fanon y Ben Barka.

El costo de la herejía cubana se cifró en un acontecimiento todavía hoy polémico, hasta en la manera de nombrarlo. Percibido en la URSS como conflicto regional («Crisis del Caribe»), en Estados Unidos como desafío inadmisible a su invulnerabilidad («Crisis de los misiles»), y en Cuba como otro capítulo mensual de la guerra iniciada desde 1959 («Crisis de Octubre»), su desenlace dejó a Cuba más sola e insegura que nunca, ante un acuerdo jamás formalizado, que no ataba las manos a su enemigo principal y sí debilitaba el compromiso de su principal aliado.

Como se sabe hoy, después de la Crisis de Octubre de 1962, la sombrilla militar que brindaba la alianza soviética perdería gran parte de su eficacia. Tan cerca de los Estados Unidos, tan lejos del este europeo y asiático, el único estado socialista amigo íntimo de la Revolución Cubana era Viet Nam, una revolución prima hermana y en situación comparable en la periferia del orden bipolar, que atraería sobre sí casi toda la capacidad destructiva del imperio norteamericano, y se convertiría, de hecho, sin proponérselo, en el pararrayos de la isla.

Naturalmente, crear dos, tres, muchos Viet Nam, no sería entonces una mera consigna, sino una exigencia estratégica para la causa común de las revoluciones de liberación nacional en tres continentes.

La Guerra de los 55 años que los Estados Unidos declaró a la joven Revolución Cubana lograría cercarla en el hemisferio y dejarla sin alternativas de diálogo. La pugna ideológica y política, a menudo sorda, pero muy apreciable, entre la isla y las dos mayores potencias socialistas, las separaba en torno a los caminos de la revolución y la edificación de la nueva sociedad. No es extraño que, entre 1964-65 y 1970, cuando ese aislamiento geopolítico se hizo crítico, Cuba se asumiera como un navegante en solitario que abría la ruta hacia una constelación llamada el comunismo.[1]

Desde esa situación de aislamiento regional, marginación en el campo socialista y certidumbre de peligro inminente, la hereje Habana encontraba sus casi exclusivos interlocutores entre los revolucionarios de otros países, quienes fieles a la gran estrategia de la OLAS (1965) y la Conferencia Tricontinental (1966), se ocupaban de lo que se llamaba entonces hacer la revolución —es decir, la lucha armada.

En esos años, las guerrillas de las FALN y el MIR en Venezuela; de las FARC, el EPL y el ELN, en Colombia; de las FAR en Guatemala; del Frente Sandinista en Nicaragua; del MIR en Perú; del ELN en Bolivia; de Acción de Liberación y Vanguardia Popular en Brasil; el FPL en El Salvador; del MIR en Chile; del ERP, las FAR o las FAP, en Argentina, amenazaban convertir en una «profecía autocumplida» las pesadillas norteamericanas de «otras Cubas» en el hemisferio. Nombres como Jorge Ricardo Masetti, Douglas Bravo, Fabricio Ojeda, Manuel Marulanda, Fabio Vázquez Castaño, Camilo Torres Restrepo, Carlos Fonseca Amador, Luis Augusto Turcios Lima, Marco Antonio Yon Sosa, Luis de la Puente Uceda, Javier Heraud, Carlos Marighella, Inti y Coco Peredo, Miguel Enríquez, Cayetano Carpio o Mario Roberto Santucho; lugares como Marquetalia, Salta, Falcón, El Bachiller, Machurucuto, Pancasán, Ñancahuazú, Tucumán, Mesa Pelada, los ríos Madre de Dios y Maisicuri, entraban en uno de esos momentos de la historia donde pasado y presente parecían alcanzar un punto de tensión, y generar un resquicio en lo que podía ser.

En ese momento de confluencia y aceleración del curso histórico, en nuestra región y en el mundo, es donde adquieren significado mayor las peripecias y acontecimientos ignorados que el lector encontrará en este libro.

La asombrosa historia de Raúl Sendic

Esta es una biografía, no un tratado de historia sobre la lucha del MLN (Tupamaros) en el Uruguay, ni un ensayo sobre su significación política y código ideológico en el mapa de las revoluciones latinoamericano-caribeñas de liberación nacional. De hecho, el autor se propone explícitamente escribirla para lectores poco motivados por la literatura política o histórica.

Aunque se dice fácil, esto de narrar de manera amena, con personajes reales y situaciones creíbles, acontecimientos históricos que no pueden ficcionalizarse al gusto del narrador es una tarea ardua. La narración corre el riesgo de deslizarse hacia la novelería o la cátedra ideológica, o incluso hacia ambos. Si uno le echa un vistazo a la literatura y el cine sobre la revolución en América Latina, comprobará que resulta más común y corriente, por ejemplo, el tópico de las intimidades de Frida Kahlo y León Trotski, que una interpretación sobre la Revolución Mexicana que se aproxime a la de John Womack en su biografía de Zapata o a la investigación histórica de Isaac Deutscher acerca del profeta armado, desarmado y desterrado.

En la modesta presentación del autor, su biografía de Raúl Sendic está muy lejos de privilegiar las escenas de violencia y los tópicos manidos de los thrillers políticos. En cambio, entra de lleno en la saga extraordinaria de los peludos, esos campesinos pobres del oriente uruguayo, y de su principal líder, desde el inicio de sus luchas por salir de la miseria y la indignidad en los años 50, hasta tomar el camino que los llevó a convertirse en los Tupamaros, la guerrilla urbana más famosa del mundo, sin soslayar la narración documentada y a menudo casi cinematográfica de sus dieciocho acciones combativas más sobresalientes.

Al hacerlo, el autor desenvuelve una madeja de acontecimientos, personajes, situaciones y escenarios que al lector le pueden resultar muy familiares, pues se parecen mucho a la novela de aventuras. En efecto, aunque basada totalmente en una pormenorizada bibliografía, que incluye memorias, testimonios, crónicas, papeles desclasificados, estudios sobre la sociedad y la historia uruguayas, documentos, entrevistas y textos escritos por los protagonistas, su tratamiento de los hechos, acciones, caracteres y ambientes en que transcurre la saga de los Tupamaros son los de este género literario.

Aunque la saga de las revoluciones latinoamericanas está colmada de eventos donde la realidad supera la ficción, los de este libro nos recuerdan que la imaginación es una de las cualidades del oficio revolucionario. Así ocurre, por ejemplo, con secuencias tan absorbentes como el asalto al cuartel de la Marina, el secuestro de Dan Mitrione y la increíble fuga de más de cien tupas del penal de Punta Carretas. Ahora bien, aunque esta biografía exalta el valor y la determinación de sus protagonistas, sin más pretensiones que dar a conocer el carácter y heroísmo de sus luchas, su interés no se limita al de una odisea revolucionaria, o como nos dice el autor, a la historia de un moderno Quijote de la Banda Oriental, lanzado tras el sueño irrealizado de don José Gervasio Artigas.

Ejercer como líder de los Tupamaros no fue únicamente, para Sendic, un rol derivado de su carisma, sus ideas políticas de vanguardia, su coraje personal y entereza para enfrentar la muerte en la primera línea, su aptitud para soportar la tortura y la cárcel, y otras cualidades que todos le reconocían. Tampoco se explica por un estilo de mando incontestado, al frente de una organización que le obedeciera ciegamente, y que se guiara por un conjunto de prácticas de incondicionalidad o dogmas ideológicos. Esta biografía enfatiza, mediante abundantes ejemplos, su capacidad como líder para debatir y demostrar la certeza de sus decisiones, y muy especialmente, para generar fórmulas originales, creativas, que se imponían por su imaginación estratégica, y que lograban confundir al enemigo una y otra vez, al tiempo que levantaban el apoyo y la simpatía de muchos uruguayos que no militaban en la organización.

Sendic y sus compañeros habían logrado, a la altura de 1970, construir una organización formada por dos mil clandestinos en contacto con cinco mil colaboradores, intermediarios de un sustrato logístico de otros treinta mil. Pepe Mujica, uno de los miembros de la dirección tupamara, estaba entonces más bien preocupado porque la masividad de ese éxito político pusiera en entredicho la eficacia militar de una organización que requería la compartimentación y la movilidad combativas como premisas para prevalecer sobre los aparatos represivos de la dictadura.

Prevalecer, desde luego, no consistía para la dirección del MLN (T) en derrotarlos militarmente, sino en forzar «el diálogo, levantar el estado de sitio, y ofrecer garantías seguras de respetar los Derechos del Hombre y la ética preconizada por las Naciones Unidas y el Derecho Internacional para el trato a los presos políticos». Lo militar estaba, naturalmente, al servicio de lograr objetivos políticos de mayor alcance —no al revés. Esta historia ilustra en qué medida las campañas militares, los medios y habilidades en el campo de batalla no son lo que explica el éxito o fracaso de las revoluciones, sino los factores políticos y sociales que entran en juego, y que al final se imponen.

En este punto crucial, el autor no se limita a la narración de los combates, sino adelanta su propia valoración: «Los tupas sabían que podían perder, y con su derrota morirían las expectativas de una rápida liberación para el pueblo patriota. Pasarían décadas antes de reorganizar un movimiento que generara nuevas esperanzas. Pero el Ejército también temía y por eso su lucha era más tenaz. Les horrorizaba que los tupamaros repitieran en el Cono Sur, el madrugón de la Revolución Cubana».

Pero los poderes establecidos y sus aliados también habían aprendido la lección cubana. La asesoría de inteligencia y contrainsurgencia norteamericana les proporcionaba, mediante sus agencias especializadas, el adiestramiento que necesitaban la policía y la fuerza armada uruguayas para enfrentar a la subversión de modo sistemático, y científicamente brutal. La historia real de Dan Anthony Mitrione, que da pie a Estado de sitio (1972), la espléndida cinta de Costa-Gavras, es la de un asesor en técnicas de contrainsugencia, quien bajo la cobertura de la Agencia para el Desarrollo Internacional (AID), ofrece sus servicios en Brasil y luego en Uruguay, hasta que el MLN (T) lo secuestra y pide por él la liberación de 150 presos políticos.

Al elegir con sumo cuidado sus blancos entre oligarcas renombrados e ingenieros de la represión como Mitrione, las acciones de los tupas conllevaban usualmente más que un rescate en dinero o prisioneros, un mensaje a la ciudadanía, que le daba claro sentido político a su lucha.

Sendic y el MLN (T) habían surgido de una acumulación de luchas campesinas por la organización de sindicatos rurales, que enfrentaban a la elite agropecuaria uruguaya, identificada allá como la Gran Rosca. La estructura en columnas de la organización respondía a las actividades y objetivos de un movimiento clandestino, pero su funcionamiento y misiones rebasaban el de una unidad militar. Estas incluían el trabajo político entre los estudiantes, los vecinos de las barriadas y los obreros; así como la atención a los medios de comunicación y los dispositivos legales del sistema. Nunca perdieron su implantación en el campo uruguayo, y desarrollaron una original modalidad de ocupación de tierras, inspirada en las estrategias de la resistencia vietnamita durante la guerra contra los franceses, en la batalla de Dien Bien Phu.

Precisamente, lo más sorprendente es que el MLN (T) haya podido arrinconar a las fuerzas represivas en condiciones físicas aparentemente no muy propicias para el despliegue de un movimiento guerrillero. Desde que supimos por primera vez acerca de los tupas, algunos cubanos nos preguntábamos cómo era posible que en un país más bien plano y entre los más chicos de Sudamérica, inserto entre Brasil y Argentina, donde la mayor parte del territorio no se dedica a cultivar caña de azúcar, bananos o café, sino a criar reses y exportar carne, pudiera darse el teatro adecuado para una lucha armada revolucionaria surgida entre las masas pobres del campo, y capaz de llegar a arraigarse en una ciudad con pinta europea como Montevideo, donde vivía la mitad más próspera de los uruguayos, en un país conocido como la Suiza de América.

A pesar de todo, en 1970-71, momento de su apogeo, el liderazgo del Movimiento estaba convencido de que su base social, organización, recursos financieros y eficacia operativa eran incomparablemente superiores a los de la Policía, de manera que, en el peor caso, podían seguir actuando, incluso desde la prisión, «comprar a los guardias y hasta asignarles un sueldo». Un signo de esta fortaleza asumida era la creación de varios frentes en el centro y sur del país, dirigidos a poner en jaque a las fuerzas armadas de la dictadura y a producir un impacto político y psicológico sobre el enemigo —así como, según apunta el biógrafo, de su capacidad para leer las lecciones de la experiencia insurgente cubana.

Sin embargo, una ofensiva imprevista de la dictadura, enfilada a golpear en la cabeza a la guerrilla, conseguiría muy pronto un éxito relampagueante. Entre los posibles factores que lo explican se encuentran dos ya mencionados: el aumento de la capacidad contrainsurgente de la fuerza armada y la propia extensión del Movimiento, con la consabida mayor exposición de sus mecanismos de seguridad ante la infiltración de la inteligencia enemiga.

El golpe más importante de todos, y que lograra resquebrajar las defensas de relojería que caracterizaban al Movimiento a la altura de 1972, fue la traición de algunos miembros en posiciones clave. Comprados por el gobierno o resentidos ante el liderazgo de Sendic, estos colaboradores del régimen pudieron entregar a los integrantes de la dirección tupamara, a los que la dictadura encerró en cárceles de alta seguridad, pues, según razonaron, su valor estratégico como rehenes era mayor que como mártires o desaparecidos. Su resistencia durante trece años en esa prisión atroz fue la batalla más difícil y desigual que enfrentaron, parte integral de una lucha que continuaría, y en la que, al final, prevalecieron.

Tercer acto y final: «nada se termina

hasta que se termina»

No es mi intención adelantarle al lector la fruición de una lectura que encontrará, bastante mejor armada que estas breves notas, en las páginas de esta biografía novelada, bajo la diestra mano narrativa de Daniel Chavarría. Quiero apenas añadir un par de comentarios sobre su moraleja política.

Aunque los filósofos cínicos de la realpolitik nos repiten ad nauseam que la historia la escriben los vencedores, los tupas demostraron que se puede perder un campeonato, permanecer en el fondo de la liga trece años sonados, y sin embargo, no quedar fuera del juego. Lejos de acabarlos, esta larga prisión científicamente calculada para su aniquilación humana, demostró ante la mayoría de los uruguayos y el resto del mundo que sus aptitudes iban más allá del coraje y combatividad probados en los años de la guerrilla, y de las banderas de un programa que a no pocos sonaba muy radical. La batalla de la cárcel fue la ocasión para demostrar que sus convicciones, valores cívicos y compromiso con sus ideas eran inquebrantables; y representó el inicio de un come-back político inesperado, especialmente cuando menos se lo esperaban los «ganadores» de aquella otra serie, que la Gran Rosca y los poderes establecidos habían jugado haciendo uso de todos sus medios de coerción, y mediante ventajismos, trampas y coimas de todo tipo.

En lo que atañe al protagonista de esta biografía, el triunfo sobre la prisión le permitió el retorno al terreno político, aunque en circunstancias más complejas. Volver a esa liza en condiciones de legalidad puso a prueba su capacidad para ser fiel a sí mismo, a su propio credo revolucionario, para no deslizarse por la pendiente del «pragmatismo», el «realismo» asimilado al orden «posibilista», las concesiones al «lado práctico» de las cosas.

Ciertamente, en los años de desencanto que siguieron a la caída del Muro de Berlín y el derrumbe del socialismo soviético en Europa, al fin de las guerras en Centroamérica, la derrota electoral del sandinismo en Nicaragua, la crisis del periodo especial en Cuba, la salida negociada de las dictaduras militares mediante acuerdos que garantizaran la salvación de los represores, muchos fueron los que renunciaron a sus antiguas fidelidades en todas partes. En algunas de esas partes, la ideología del desencanto llevó a que se confundiera la autocrítica con el arrepentimiento, a que se metieran en el mismo saco a los herejes y los renegados, y se confundiera el disentimiento con disidencia. Actuando como el que cambia de camiseta cuando su equipo pierde el campeonato, algunos exreclutas guerrilleros se dedicaron a redactar mea culpa sobre la utopía desarmada, y a mudarse a la derecha de la socialdemocracia —cuando no de plano para el partido conservador.

Naturalmente, también hay una mala manera de mantenerse fiel a uno mismo consistente en la inmovilidad, confundir los principios con las consignas, las ideas revolucionarias con un catecismo; en asumir el presente y proyectar el futuro mirando por el espejo retrovisor; en representarse la lucha por una sociedad más justa, equitativa, desarrollada, soberana y democrática como la preservación de lo que fue o pudo ser.

Nuestro biógrafo nos informa que este come-back de los tupas en plan de partido legal, que llenara estadios en Montevideo, produjo un «hervidero de discusión política en el Uruguay», entre una «docena de agrupaciones de la variopinta izquierda nacional». Eso de ver al líder guerrillero explicando que «la vía de las elecciones podía ser muy buena» debe haber sido algo muy inesperado. No es para menos, digo yo.

Me figuro, sin embargo, que al dirigente histórico de los peludos orientales no le debe haber sido difícil enunciar un programa basado en la reforma agraria, recuperar el nivel adquisitivo de los salarios, la nacionalización de la banca (de la Gran Rosca y sus amistades extranjeras) y el rechazo a una deuda externa sobre la que escribió tanto en las ergástulas de la dictadura.

Como apunté antes, su capacidad estratégica para situarse en el punto por donde estaba pasando la historia no era nueva; más bien explicaba que hubiera ganado reconocimiento intelectual, incluso más allá de sus propias huestes. Nuestro biógrafo, sin embargo, nos recuerda que no todo era armonía en la viña tupamara. Los años de cárcel y las fuertes personalidades de sus miembros también habían producido divisiones, rencillas, divergencias. Aunque habían pactado no ventilarlas en público, al salir de la cárcel en 1985, no pudieron evitar dejar una huella sobre la identidad del MLN y su capacidad como alternativa política en el nuevo mundo de la política uruguaya. No obstante esta limitación, su participación y el halo de prestigio que acarreaba Sendic como figura política, contribuiría de manera decisiva al triunfo del Frente Amplio, y en largo plazo, promovería a antiguos tupas a los primeros planos de la política nacional.

Coda cubana

Esta biografía arroja luz sobre un tema bastante maltratado, el de la significación y trascendencia de los movimientos de liberación latinoamericanos surgidos o impulsados en el contexto de la Revolución Cubana.

Ese maltrato va desde la ignorancia hasta la mala conciencia, pasando por la caricatura y el maniqueísmo noveleros, de un lado; y por la fábula descafeinada donde, desde siempre, unos tienen toda la razón y otros todo el error, y la revolución social es una marcha con orejeras hacia un futuro luminoso.

Entender los avatares de esas revoluciones latinoamericanas implica volver sobre nuestro propio proceso revolucionario, para verlo en su escala y densidad reales.

En efecto, a veces me he preguntado cómo habría sido todo si los asaltantes al Palacio Presidencial hubieran logrado ejecutar al dictador Batista el 13 de marzo de 1957; o si la huelga de abril de 1958 hubiera logrado poner en crisis a los centros de poder del régimen en las principales ciudades y la estrategia del llano hubiera prevalecido; o si la temeraria infiltración del Che y Camilo por los llanos de Camagüey no hubiera llegado a tiempo para liderar la toma de Santa Clara, y el régimen se hubiera derrumbado con la isla partida a la mitad entre dos ejércitos guerrilleros diferentes. ¿Qué habría pasado si los terratenientes criollos, el capital y el gobierno de EE. UU. no hubieran respondido a una más bien moderada reforma agraria, en mayo de 1959, lanzando una guerra contra la Revolución? ¿O si los líderes de la expedición del Granma hubieran sido apresados en Alegría de Pío, en diciembre de 1956? ¿O si se hubiera tomado el Cuartel Moncada el 26 de julio de 1953, y el sector patriótico de la oficialidad del Ejército se hubiera sumado a la sublevación en Santiago de Cuba, imponiendo un regreso al orden institucional?

Quizás algunos lectores entiendan que esto no es más que un ejercicio especulativo de política ficción, pues la historia es solo lo que fue, y se acabó. O peor aún, que ocurrió como tenía que ser, pues según el materialismo histórico las cosas acaban siendo así porque ciertas leyes universales las gobiernan.

Quiero terminar este excesivo prólogo rompiendo una lanza contra esa visión fatalística y final, valiéndome de esta misma biografía, para apuntar que la historia de los movimientos de liberación nacional no es un tema arqueológico, sepultado en una edad remota, sino una clave para descifrar el presente.

Así, en el tejido político de la región se entrecruzan hoy, como nunca antes, elementos políticos derivados de la amplia gama de movimientos de izquierda cuyas raíces se remontan a experiencias revolucionarias de los 60 y 70. No se trata, naturalmente, solo de nombres y personalidades, sino de temas y agendas políticas que alimentaron a esas izquierdas hace cincuenta años y que hoy se actualizan. Estas abarcan desde el sandinismo y el Frente Farabundo Martí, las izquierdas argentinas, pasando por las corrientes patrióticas surgidas en el seno de las fuerzas armadas en Venezuela o Panamá, hasta el Frente Tupac Katari en Bolivia y los tupamaros en Uruguay. El caso más conspicuo, probablemente, sea el del laborioso proceso de diálogo entre el gobierno colombiano y las FARC-EP, cuyo ingreso a un sistema político sujeto a una compleja matriz de acuerdos, arrastra consigo un caudal de luchas que predatan la propia Revolución cubana.

Dejo al lector a solas con la novela biográfica del más famoso entre los héroes tupamaros. Aunque él ha inspirado entre nosotros series de televisión y canciones de Silvio, lo vamos a conocer realmente ahora, gracias al relato de este gran escritor uruguayo cubano, contado con su habitual humor y sagacidad narrativa, colmada de vocablos y fraseos propios de la Banda Oriental, que le añaden un tono regocijante a muchos de sus memorables pasajes.

Para ese lector polilla va este libro.

Rafael Hernández

 

[1]   En ese contexto, ocurrieron acontecimientos que solo pueden explicarse si se entiende la época, algunos gloriosos y otros deplorables. Atribuirles estos últimos a la influencia soviética o a resabios estalinistas revela ignorancia o simpleza de mente, cuando no mera novelería.